Sunday, July 12, 2009

Presentación del libro de poemas Calentando el brazo, de Sangiago Martin, en Padilla Cigars

Santiago leyendo sus poemas





Santiago con la obra donada por el pintor Arturo Cuenca, para contribuir a Linden Lane Magazine

Santiago y Elena Tamargo
El querido amigo y pintor Arturo Cuenca con Belkis
Elena Tamargo presentando el libro Calentando el brazo












La conocida actriz cubana Ana Lidia Méndez
RigoPalma interpretando una de sus canciones

El viernes 10 de julio, presentamos en Padilla Cigars el libro de poemas Calentando el brazo, de Santiago Martin, publicado por las Ediciones Lunáticas ZV, de París, que dirige Zoé Valdés. La Fundación Apogeo, a su vez, realizó un excelente trabajo de organización para ofrecernos no sólo una breve lectura de algunos de los poemas de Santiago Martin, sino un escueto pero excelente acto cultural. La presentación del libro a cargo de la ensayista y poeta cubana Elena Tamargo fue tan apasionada como entusiasta y nos transportó a esos años vivenciales del poeta Heberto Padilla, a quien Santiago Martín dedica su libro. Por su parte, la actriz cubana Ana Lidia Méndez hizo una excelente lectura teatral de una parodia sobre la situación cubana, mientras que el joven y talentoso cantante Rigo Palma nos deleitó con sus interpretaciones.

Quiero agradecer a Santiago, en nombre mío y de Padilla Cigars, el haber dedicado su libro a la memoria de Heberto, y por su poema a mi persona. Y además, agradecerles a Santiago y a Zoé Valdés (editora del libro) por su generosidad y gentileza al donar a Linden Lane Magazine el importe de la venta de Calentando el brazo.

Gracias, amigo Santiago (Baltasar) por tu libro y tu amor a la cultura. Te deseo que la Fundación Apogeo continúe dando frutos en Miami.

Estas fotos son de Bernardo Dieguez http://bdieguez-photography.blogspot.com/

Ver el otro post sobre el acto, con fotos de Ena Columbié en http://www.lacasaazulcubana.blogspot.com/

Monday, June 15, 2009


Flor para un cumpleaños compartido con Tonda


Hoy, 15 de Junio, es el cumpleaños de mi querida amiga Tonda. Las cosas extrañas de la vida han hecho que ella y yo naciésemos el mismo dìa, pero con muchos años de diferencia. Nos conocemos hace casi ocho, sin que nunca nos hayamos visto en persona, pero somos tan afines como una madre y una hija bien llevadas. O como dos entrañables amigas.
Por eso, pinto para ella una flor todos los años en el día de nuestro nacimiento.
Muchas bendiciones para ti, mi querida Tonda!!!

Saturday, May 23, 2009


El Benedetti de aquellas cuarenta novelas


Belkis Cuza Malé


Los invito a que lean mi artículo sobre Mario Benedetti, a quien entrevisté en 1966 para el periódico Granma, donde yo trabajaba entonces. Era la primera visita de Benedetti a Cuba, y llegaba en calidad de jurado del Premio Casa de las Américas de ese año...





Saturday, May 02, 2009

La otra mejilla reseñada en La Revista del Diario

Por Luis de la Paz

La Revista del Diario (Diario de las Américas, Miami)

http://www.larevistadeldiario.com/news.php?nid=2480

El escenario cultural cubano de la primera década del castrismo (que ya lleva cinco) estuvo marcado por el fuerte contraste entre los escritores que de una manera cobarde y ladina se plegaron al régimen y aceptaron las reglas de “dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución nada”, la tristemente célebre frase de Fidel Castro en la Biblioteca Nacional (1961), y los que retaron de manera valiente y digna a la dictadura. En ese pequeño grupo de autores que soportaron con estoicismo los embates del aparato cultural oficial, está la escritora Belkis Cuza Malé (Guantánamo, 1942), que fue arrastrada junto a su esposo, el poeta Heberto Padilla (1932-2000), a una retractación pública de sus ideas y convicciones por el solo hecho de disentir del gobierno. El famoso Caso Padilla fue uno de los episodios más penosos que se recuerdan en las letras cubanas.

Belkis es una de las voces femeninas más sobresalientes de la poesía cubana. Desde sus primeras entregas, El viento en la pared (1962) y posteriormente con Tiempo de sol, publicado con Ediciones El Puente en 1963, colección creada por el escritor José Mario, donde se dio a conocer lo más joven y brillante de la poesía cubana de los sesenta, se apreciaba la sensibilidad de esta escritora, que en el exilio ha continuado su labor creativa y sostenido la revista Linden Lane Magazine, la publicación periódica especializada en literatura que más tiempo se ha mantenido circulando, más de treinta años. Otros de sus libros de poesía son Juego de damas (Termino Editorial, 2002) y más recientemente La otra mejilla (ZV Lunáticas, París, Francia, 2007).

Si los poemas de sus primeros libros, estaban marcados por la frescura propia de la juventud –la escritora frisaba los veinte años en esa época–, los textos que habitan en Juego de damas y en particular en La otra mejilla, traslucen madurez, distanciamiento y reflexión. Aunque en una entrevista afirma que se trata de: “un libro escrito mayormente en los años sesenta y pico y setenta en Cuba”, tal parece que el reposo y repaso de los poemas, ha cuajado en este pequeño volumen, que ofrece un alegato de fe, esperanza, confianza y amor. No hay rebuscamiento en las imágenes, ni sorpresivos giros que pretendan recalcar una sonoridad en particular. Los versos son diáfanos, el mayor peso lo lleva la idea que transmiten, la sensación que proporcionan. “Mi madre decía siempre/ que la patria era cualquier sitio,/ preferiblemente el sitio de la muerte”. Hay que haber vivido mucho y ser un desterrado para abarcar el sentido expreso de estos versos. O de estos otros: “No lo niego./ Somos un pueblo/ que huye de su destino;/ cuerpos de coral/ que el sueño devora/ con sólo mirarlos./ No lo niego”.

Conmovedores lo son también Jagüey Grande, Sábado, La alegría salvaje y Credo. A los que hay que añadir los que se encuentran al final del libro, Naturaleza muerta, Retrato y Oda para un conquistador de lo desconocido, dedicado a Padilla donde se puede leer: “Alguien, el menos indicado,/ le sobrevivió para contarnos/ que ni la vanidad ni el temor a lo desconocido/ lo apartaron del camino./ Ya no habrá regreso, ni mar,/ ni sombra./ La calumnia no perdona a sus víctimas”.

La otra mejilla es un libro hermoso que recapitula y sintetiza los golpes de la vida.

Wednesday, April 29, 2009

Que treinta años no son nada

Belkis Cuza Malé




El traje blanco sobre la cama; el refajo también blanco, regalo de Nina, la polaca del segundo piso; las sandalias transparentes, otro regalo de alguien; el bolso gris, espacioso, donde cabría lo que se podía llevar. El maletín con la única ropa permitida: tres mudas para mí y tres para mi hijo Ernesto.. Y aquellos poemas mecanografiados en papel gaceta, que eran toda mi fortuna (o mi desgracia, si se le antojaba al aduanero). Ni un centavo, ni un dollar para el viaje, pues entonces el que se marchaba debía hacerlo tan desnudo como había venido al mundo.
Domingo 29 de abril de 1979. No sé cómo habían logrado llegar al aeropuerto, pero allí estaban algunos de mis amigos, entre ellos José Cid y Carlos Verdecia, César López, Pablo Armando Fernández y otros que confundo entre el humo de la memoria, como a Miguel Barnet. Era una despedida. Todos sabíamos que no iba a regresar. Nadie lloró, ni siquiera yo, cuando abracé a mi hija de trece años que se quedaba en tierra, ni a Heberto Padilla, mi marido. Yo les había prometido que iba a remover cielo y tierra para sacarlos de la Isla, y mi viaje tenía también ese halo esperanzador, dentro de la tristeza propia de estas despedidas donde se abandonaba familia, amigos, hogar, patria, y el alma queda prendida de un hilo.
Días antes, el director de Inmigración, un joven militar con altos grados, me había citado a su oficina para coordinar los detalles de mi salida. Se movía alegre e inquieto por el despacho y finalmente fue a sentarse en una esquina de su buró, mientras me decía sonriente: ^Bueno, ¿por dónde te quieres ir, y cuándo?^: Yo casi que no podía creerlo. Durante meses había ido regularmente a Inmigración en busca de un permiso para visitar a mi madre, enferma en Miami. Algo que los burócratas y policías que controlan vida y milagro de los cubanos, no lograban entender, pero como insistía continuaban dándome falsas esperanzas. Hasta que Fidel Castro autorizó mi salida, y entonces todo cambió por arte de magia. Historia que no voy a contar aquí, pues merecería capítulo aparte.
No sólo se me abrieron las puertas de salida, sino las de la oficina del más alto funcionario de Inmigración, ahora todo halagos y consideraciones, ante la incredulidad de aquel otro vestido también de uniforme, y al que ya conocía por mis múltiples gestiones y anteriores visitas al lugar. Sentado frente a una máquina de escribir, y mientras me llenaba los documentos pertinentes, le oí el insulto "más hermoso" que he recibido en mi vida: ¨Aquí venía una periodista loca que quería un permiso para visitar a su madre en Miami^. Me rei por dentro, pero no dije nada. Aquello era casi un elogio a mi tenacidad.

Cuando el viejo Brittania de Cubana de Aviación descendió una hora después en Kingston, yo creía haber vuelto a Cuba y estar en Santiago, pues sus montañas así me lo sugerían. Sentados en los salones de espera por el avión que nos llevaría a Miami, mi hijo Ernesto, entonces con seis años, me pidió que le comprara una de aquellas barras de chocolate que veía en la tienda de enfrente, y que aunque nunca las había comido, sospechaba deberían saber a gloria. Le expliqué que no tenía dinero alguno, pero él no dejaba de insistir, y yo, entre apenada y triste, de intentar convencerlo. Hasta que una voz se alzò por encima de la de Ernesto y con ésta, el milagro solidario: "No se preocupe, aquí tiene para que le compre varios chocolates al niño", mientras me entregaba cinco dólares recogidos al momento entre un grupo de cubanos que entonces esperaban también el cambio de aviones hacia Miami. Eran parte de esos primeros vuelos de la comunidad cubana que visitaban a sus familiares en Cuba. Entre la multitud, otros tomarían el avión hacia la Isla y era óbvio que estaban vestidos con varias ropas, una encima de las otras, a fin de burlar los requisitos de peso que exigìa la aduana en Cuba.
Horas más tarde, y mientras despegábamos rumbo a Miami en el vuelo de Air Jamaica, Ernesto me comentó con complacencia y sabiduría: ¨Esto sí es un avión¨. El recién saboreado chocolate y el nuevo avión le habían devuelto la alegría que la despedida y el nerviosismo de los últimos días habían ahuyentado.
Casi una hora después, descendíamos sobre un Miami luminoso, que la noche se había encargado de transformar, del mismo modo en que mi vida y la Heberto Padilla, sin patria, pero sin amos, como decìa Martí, ya no serían las mismas.
Miro ahora hacia atrás, sin rencor, y me pregunto, parodiando a Gardel, si treinta años no fueron nada o sólo el comienzo de nuestro verdadero destino, con una nueva patria y aquella desazón de saber que siempre hemos vivido en Cuba, como diría Heberto en su poema.

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Tuesday, April 07, 2009

Flor para un cake de cumpleaños



Visite mi blog www.belkiscubanparadiseart.blogspot.com

Sunday, March 22, 2009


The Way We Were: Eramos tan felices...

(A 38 años del Caso Padilla)


Belkis Cuza Malé

Boceto de Juana Borrero (1877-1896) para el cuadro ¨Nacimiento de Venus¨

Como vivo en un presente eterno, olvido contar los años. Pero alguien me habló esta mañana del Caso Padilla y de pronto recordé. SÍ, han pasado 38 años.
Entonces fui y busqué una foto de Heberto Padilla, una de ésas--creo que del fotógrafo francés Pierre Golendorf--, donde está con la misma ropa con que se vistió a toda prisa en presencia de los policías que vinieron a arrestarnos el 20 de marzo de 1971. Porque Heberto estaba durmiendo cuando la Seguridad del Estado tocó a la puerta fingiendo ser el hombre del telegrama. Dormía desnudo, lo recuerdo bien, pues el apartamento era un horno si el viejo aparato de aire acondicionado no funcionaba a todo dar.
Allí está todavía en la foto, con aquel jean color crema que le había regalado el poeta mexicano Efrain Huerta, y una camisa de cuadritos, donde prevalecía el amarillo. Aparece rodeado de nuestros libros, de la máquina de escribir y de algunos afiches, como aquel del fotógrafo norteamericano Lee Lockwood, y otro, una reproducción de un Roualt, que ponían una nota de color en el pequeño apartamento que dentro de su modestia quería ser también hogar de escritores.
Nunca he entendido la forma en que lo describió Jorge Edwards en su libro Persona Non Grata. Porque mal que bien, nuestro apartamento de entonces, en la calle O y HUmboldt, a una cuadra de la Rampa, era un sitio amable,como digo, lleno de libros y cuadros, de fotos. Nada de lujos, claro. Tenía una habitación que transformamos en estudio, con un sofá cama (conseguido tras la gestión de Luis Santiago, un amigo inolvidable), y las paredes estaban cubiertas de libros y cuadros. La salita la había transformado en una cocina comedor, y al costado estaba el cuarto de mi hija, con una ventana.
Por extraños designios de la vida, las cuatro sillas de mimbre del comedor pertenecieron al dramaturgo Julio Matas, que había vivido en el edificio antes de marcharse de Cuba. A la vecina que heredó su apartamento le cambié aquellas hermosas sillas de mimbre por algo que no recuerdo.
En este mismo edificio, pero en un piso más alto, vivía la actriz Ingrid González, primero con su ex, el crítico Rine Leal, y luego frequentado por los maridos subsiguientes de Ingrid, incluyendo a Reinaldo Arenas, Noel Nicola y Joaquín Ordoqui García Buchaca. Este último solía visitarnos y compartir incluso algún que otro pato congelado que había *robado* del freezer de sus padres. El viejo Joaquín Ordoqui y su esposa, la García Buchaca, permanecían bajo arresto domiciliario en una finca de los alrededores de La Habana. Así que Joaquinito, el único que podía entrar y salir de aquel sitio, se aficionó a la conversación filosófica con Heberto, pero nunca tocamos el tema de sus padres, óbviamente prohibido, pues hubiera sido una descortesía de nuestra parte. Por mucho que me mataba la curiosidad, jamás abrí mi boca con preguntas indiscretas.
El edificio tenía fama, es decir, mala fama --y hasta un indecente nombrete--, cuando en 1967, y tras una peripecia que pudiera ser tema para una novela, me mudé allí. Habíamos recorrido La Habana y el Mariano de entonces, en el viejo automóvil del escritor Antonio Benitez Rojo, en busca del apartamento menos malo que se ajustara a lo único que me ofrecían. Yo preferí aquel que estaba cerca de la Rampa, y que aunque no tenía refrigerador (otra odisea para luego conseguirlo), ni balcón a la calle, y se accedía al primer piso por una escalera siempre a oscuras, una vez que cerraba mi puerta lo invadía la luz maravillosa que entraba por la ventana. Eso era suficiente para mí.
No podía quejarme. En 1966, divorciada, y en la calle y sin llavín, como decimos, aquel sitio se transformó pronto en un hogar para mí y mi hija. Y luego para Heberto.
Cuando entré por primera vez, no se habían borrado las huellas de los antiguos moradores, sus vibraciones. Pronto, la vecina chismosa se encargó de informarme que Caridad, que así se llamaba la inquilina anterior, se había marchado a Estados Unidos, tras haber estado en prisión. Nunca supe el nombre completo de Caridad, pero aquella manzana y otras ofrendas religiosas que encontré en un rincón, presumían que buscó la protección de los dioses africanos, seguramente con la esperanza de que se le abrieran todos los caminos.
No sé si Caridad fue feliz allí o no, pero a nuestro modo, Heberto Padilla y yo lo fuimos, amándonos, viviendo intensamente y recibiendo a amigos (ahuyentando también a unos cuantos espías e informantes de la Seguridad del Estado). Allí escribió Heberto Fuera del juego, y yo, Juego de damas. Sí, fuimos felices en O y Humboldt, aunque como Caridad, terminásemos en una celda de la Seguridad del Estado.
Al cabo de 38 años sólo deseo recordar los momentos eternos: el amor, y la luz marina que se colaba por la ventana.