Monday, May 17, 2010


!Feliz cumpleaños 133, Juanita!
Lo celebro mientras leo Las vidas de Arelys, la nueva novela de mi querido amigo José Lorenzo Fuentes

Belkis Cuza Malé

Hoy, 17 de mayo, estoy celebrando el cumpleaños de Juana Borrero, la poeta y pintora cubana a quien Rubén Dario y Julían del Casal dedicaran hermosos versos. Había nacido en 1877 y aunque sólo vivió 18 años y 10 meses (moriría el 9 de marzo de 1896), el ciclo de su vida se cerró dejándonos una preciosa obra poética y pictórica que la sitúan al lado de los artistas universales.
Durante más de seis años --mientras investigaba para escribir mi libro-- viví y respiré la energía de Juana Borrero, me convertí en ella, me nutrí con su obra, sus cartas, sus dibujos y pinturas, de tal modo que llegué a pensar que yo era su reencarnación. Y así se lo pregunté a mi maestro espiritual, José López del Río. "No --me dijo una mañana calurosa, en su casa de Marianao--. Tú eres otra". Pero no me atreví a preguntarle quién. Hoy lo lamento.
El viernes, mi amigo José Lorenzo Fuentes, presentó su nuevo libro Las vidas de Arelys, en la tertulia que organiza el poeta Joaquín Gálves en el Café Demetrio. Junto al novelista estaba Arelys Cubero, la joven a quien José Lorenzo ayudó a conocer sus vidas pasadas, realizando varias regresiones. Arelys habló en aquellas sesiones de auto hipnosis de haber sido Carmen Sylva, una escritora que vivía en un palacio. Pero nadie conocía a esa escritora, de modo que José Lorenzo tuvo que recurrir al internet y a amigos bibliotecarios, hasta que logró saber, no sin gran
esfuerzo, la verdadera identidad de ese personaje, que no era otro que la reina de Rumanía, también escritora, Isabel de Weid. De esa regresión nacería lo que es ahora esa novela extraordinaria, Las vidas de Arelys. Un texto singular, escrito por uno de los grandes escritores cubanos, residente en Miami.
José Lorenzo Fuentes a su vez, ha estudiado a profundidad los temas esotéricos, y ha escrito un libro sobre meditación, arte que practica y que lo mantiene joven a sus 82 años.
Fueron él, y Lida, su compañera de tantos años, y ángel inolvidable, quienes me llevaron a conocer a Joseíto. Habían llegado primero que yo, y me esperaban a un costado de la casa del Maestro. Recuerdo la emoción con que el anciano me tomó la mano y comenzó a leérmela, como si se tratase de un libro abierto, y luego me bendijo. Era mediados del año 1967, todavía estaba viva su esposa, una anciana pequeña y delgada, que permanecía enfrascada en alguna tarea, en la saleta comedor. "Estás divorciada, tendrás dos hijos. Por el momento, no habrá viajes largos para ti". Y así fue. Acertó en todo, y acertaría luego en cada una de mis sucesivas visitas, mientras intentaba calmar mi ansiedad de aquellos años, colocándome la mano sobre la cabeza y repitiendo en voz alta con fervor la Gran Invocación de los teósofos: "Desde un punto de luz..."
Joseíto se adelantó también a la era de la tecnología y a veces, ante mi urgencia y ataques de pánico, solía invocar a Dios en mi ayuda, usando el teléfono, luego de pedirme que cerrara los ojos e imaginara que su mano descansaba sobre mi cabeza mientras repetía aquella oración.
Durante su larga y extraordinaria vida, Joseíto fue sacerdote de la Iglesia Católica Liberal, teósofo, medium, practicante del yoga, y ser espiritual siempre, capaz de realizar viajes astrales a cualquier sitio del planeta y el espacio sideral: un yogi al estilo cubano, un maestro, que vivió hasta los 102 años. Murió mientras yo residía en Madrid, y recuerdo cómo, sintiendo su presencia a mi lado, comencé con desesperación a llamarlo por teléfono a su casa habanera. Había partido junto a Dios y yo lo presentía.
Gran amigo de Mercita Borrero, la hermana de Juana y única sobreviviente de la familia, fue ella quien -- me comentó un día--, le había cosido los hábitos sacerdotales para la ceremonia de iniciación en la iglesia Católica Liberal. Y como él, Mercita vivía leyendo a los grandes teósofos y visionarios de la época. Muchas de esos libros me alimentaron también a mí durante los años setenta en Cuba, años de cambios fundamentales en mi vida, y esos textos me permitieron controlar mis miedos y meterme de lleno en las corrientes espirituales que llegaban entonces a través de estos dos seres prodigiosos: José López del Río y Mercita Borrero. La personalidad extraordinaria de este Maestro pronto captó también para sus filas de amigos eternos al poeta Heberto Padilla, quien sin ser un creyente, se aficionó a visitarlo y conversar durante largas horas. Incluso, Heberto le escribió un poema.
Celebro hoy el cumpleaños 133 de mi querida Juana Borrero, un ser que no ha dejado de protegerme nunca y de abrir caminos para mí. En la sala de mi casa tiene hoy su vaso de agua, incienso y su retrato, al igual que un ejemplar del libro que escribí sobre ella, El clavel y la rosa. Su espíritu protector me ha permitido vencer situaciones muy difíciles. Fue ella quien estando yo completamente marginada como escritora, condenada al ostracismo en la Unión de Esctritores (donde trabajaba), en 1976 le susurró al oido al poeta Nicolás Guillén que yo debería escribir un artículo sobre el 80 aniversario de su muerte, y luego otro sobre el centenario de su nacimiento, en 1977. Ambos fueron publicados en La Gaceta de Cuba de la UNEAC, que presidía Guillén, un milagro, luego de más de cinco años sin permitírseme publicar una letra en mi país.
Fue también el espíritu de Juana quien logró, sin yo proponérmelo, que mi manuscrito de El clavel y la rosa (biografía novelada de Juana Borrero), fuera publicado en 1984 por el Instituto de Cooperación Ibeoramericana de España, libro que no ha podido ser borrado en Cuba de la bibliografía de la artista, y que en su momento tuvo el aval de dos de los grandes especialistas en el tema, Cinto Vitier y Fina García Marruz.
Durante años, como les decía, respiré la atmósfera de esa casa que conservaba viva a Juana, el hogar de Mercita y su esposo, el pintor Ramón Loy. En ese ambiente, en el que me sentía tan a gusto, a pesar de la diferencia extraordinaria de edad, pues Mercita ya pasaba de los 80 y yo apenas si tenía veinte y tantos, me metí de cabeza no sólo en el mundo de Juana, sino en el del esoterismo y la teosofía, y mi vida se enriqueció espiritualmente con la lectura de textos fundamentales.
Epoca en que me dediqué con pasión a reconstruir el entorno de Juana, husmeando en cuanto archivo existía en La Habana y alimentándome con las cartas de amor a su novio, el también poeta Carlos Pío Uhrbach. Fui yo quien logró empatar los hilos de esas existencias a las que el destino les tenía deparados un final único y de seguro esplendoroso, aunque triste: la muerte prematura que los uniría para siempre en el firmamento. "Ya no estamos en la misma tierra --diría Carlos Pío Uhrbach, tras conocer la muerte de su amada--, pero sí en el mismo cielo, el del amor".
Y fui yo, quien llevada por mi amor a aquellos seres, no descansé día y noche en armar lo que parecía imposible: los detalles de sus vidas y sus muertes, más allá de todo documento, utilizando a ratos mis facultades extra sensoriales. Fechas reales de nacimiento, pormenores de sus dos viajes a New York, vida en Cayo Hueso tras el destierro de la familia, los momentos finales, y luego la visita del novio a la tumba de la ausente, eso y más... El 17 de diciembre de 1897, moría en la manigua cubana, con el grado de teniente coroneal, Carlos Pío Uhrbach, y su cadáver se perdería para siempre... hasta que yo di con su defunción en un sitio de Las Villas. Su secreta incorporación a la lucha por la independencia de Cuba fue el motivo que le impidió reunirse con ella, a pesar de que Juana le rogaba que viniese a verla a Cayo Hueso. Cumpliendo una encomienda secreta del general Antonio Maceo, logra llegar a Estados Unidos cuando el encuentro físico ya es imposible, y visita su tumba. !Qué triste debió ser ese momento para el amante inconsolable! Pude imaginarme la escena en detalle porque conservo un periodico de Cayo Hueso de ese año, que publicaban los cubanos de la emigración.
Juana Borrero está aquí siempre en mi casa, me acompaña, no como una sombra más, sino como un espíritu poderoso, al igual que Mercita. Sus dibujos infantiles forman parte también de mi colección y algunas de sus pertenencias, como el anillo de compromiso que le dió Carlos Pío Uhbrach. Son mis tesoros: ahí está la energía eterna de su ángel y de su amor.
!Feliz cumpleaños, Juanita!

Estas fotos fueron tomadas en la presentación del libro Las vidas de Arelys, de José Lorenzo Fuentes, en la tertulia del Café Demetrio, de Coral Gables. Gracias a Joaquín Gálvez por invitarme y propiciar este encuentro con mi viejo y querido amigo José Lorenzo Fuentes. Más sobre esta presentación en el blog de Joaquín Galvez, http://laotraesquinadelaspalabras.blogspot.com/


Sunday, May 09, 2010

Prosa de embarazada


Durante los meses de espera. a que naciera mi hijo Ernesto, comemcé a escribir el texto de lo que sería mi libro La buena memoria
, todavía en proceso de ponerle punto final. Esta parte del libro se llama *Prosa de embarazada*, y recoge aspectos de nuestra vida en La Habana, prácticamente en cautiverio por la Seguridad del Estado, y mis temores y terrores durante este tiempo. Aquí les pongo una pequeña muestra del mismo. Y lo acompaño con las fotos de mi familia, para honrar de algún modo a las madres que descienden de mí. No tengo a mano fotos de mi madre ni de mi abuela, ésas dos mujeres que están siempre presentes en mi vida.

A todas, un beso y muchas bendiciones.


Viernes, 26 de mayo de 1972
Hace unos días le decía por teléfono a un amigo que probablemente estoy preparada para todo. Cuando este niño nazca esperaré impaciente la noticia: un niño sin cabeza. El se ha reido tanto, mientras yo lloraba, porque no es cierto, no estoy preparada para nada en la vida.
Esto me lo enseñaron mis ancestros espectrales, de ellos aprendí a tartamudear mentalmente, a sonreir en un rictus que expresa cualquier cosa. Reir y llorar. Lloro por nada, ¿pero cómo no voy a llorar ? La siquiatra (de la Seguridad del Estado) me ha propuesto *la salud mental* para mí y para mi feto, que otra cosa es imposible, dice, que me resigne. Una mujer puede ser también un ser extraño y lejano, odioso a ratos con las otras. Lo digo por la siquiatra, por su mirada dura, acusadora, increiblemente inhumana.
Cree tener motivos, todos los motivos del mundo. Una mujer en mi estado mental --repite--, no puede darse el lujo de tener otro hijo.
Yo no pedí nacer. Ahora tendré que morir. Pero a nadie le preocupa parir hijos para la muerte, echarlos al mundo de la conciencia. Por eso, los estados mentales me importan un comino. Soy hija de mi mundo. Qué me aguanten, qué me sufran. La siquiatra no es honesta, lo sé; sus intereses son políticos. La Seguridad del Estado no quiere que este hijo de Heberto y mío nazca. Quieren aplicar con mi feto la cámara de gas por anticipado, como si sospecharan que sólo puedo dar enemigos...
Hablo de mí todo el tiempo, lo siento, pero podría hablar de los demás. ¿De quién, por ejemplo, sin comprometerme demasiado? Se me acusa de esto y de mucho ás. Se trata del Ego, pero el mío lo hice trizas. Me lo exigían los otros. Ellos impiden a veces este diario, pues me lanzo en su búsqueda. Mi pobre Ego. La soledad me horroriza. Si se supiera que leo, desde esta Isla, los anuncios del New Stateman y The Spectator, de Londres (cuando irregularmente llegan a la biblioteca de mi trabajo) en busca de *la llamada*, me ccreerían completamente loca. Allí, entre líneas, se anuncian los tontos, y los mediocres y los angustiados. Me busco entre ellos, deseosa de conocer el alcance de mi grito. Todavía hay gente romántica en el mundo que busca amor, amigos y simpatía, o compañía de viaje. Hay viejos, hombres entusiastas, que desean ir con alguien a Marrueco; o niños de dos años atacados de cáncer; mujeres altas que desean sólo hombres altos; gente que busca su pareja: en fin, entre ellos y yo existe un extraño lazo: la ansiedad.



Monday, April 26, 2010

La noche de la autocrítica en la UNEAC: Abril 27 de 1971


Belkis Cuza Malé

Han pasado 39 años.

Como flechazos de luz recuerdo la escena. Estoy en Miramar, en la saleta del poeta Pablo Armando Fernández. Hay otros alrededor, alguien que quizás llega y dice que las agencias de prensa ya tienen un documento que ha escrito Heberto, que la Seguridad del Estado está difundiendo en esos medios. Es un documento de autocrítica. La luz que se filtra a través de las ventanas parece opacar mi visión. Pablo habla pero yo no entiendo nada, mueve las manos, va y se sienta en el mullido sillón. Maruja trae unas tazas con café. Yo me marchó más confusa que cuando llegué. No sé qué está pasando. No puedo imaginar de qué están hablando ahora las agencias de noticias, especialmente aquel señor corresponsal de France Press, que muchos aseguran era un colaborador de la policía cubana, el tal Chango, argentino.
En mi apartamento tengo de visita a mi amiga Elkes Arjona, va a quedarse por un día o unas horas, no lo recuerdo. Ha llegado de Santiago y está usando el pequeño cuarto de María Josefina. Es un día extraño del que vuelan los recuerdos. Anochece pronto o lo imagino así. Miro por la ventana y el hotel Saint John está a oscuras, mejor dicho, estamos a oscuras, la noche ha caído sobre La Habana, pues por extraño sortilegio, se ha producido un apagón, el primero del que se tenga noticia. La ciudad está completamente a oscuras. Luego lo veré como un símbolo de lo sucedido aquella noche. Hace un rato, todavía con electricidad, el teniente Gutierrez, de la Seguridad del Estado, ha llamado por teléfono y dice que dentro de una media hora estará aquí y que trae a Heberto. No puedo creerlo. Treinta y seis días incomunicado en las celdas de Villamarista, y salvo los 15 minutos que me permitieron verlo el 4 de abril, no he tenido otras noticias suyas. Ahora lo traen, y de pronto recuerdo que Elkes está en casa, y que sabrá Dios qué dirán si la ven. Por eso le pido que no salga del cuarto cuando toquen a la puerta.

La ciudad, repito, está a oscuras. Súbitamente a oscuras. Camino como sonámbula por el pequeño apartamento, hasta que siento que tocan y luego de advertirle de nuevo a Elkes que permanezca encerrada, voy y abro. Ha llegado la luz como por arte de magia hace unos minutos, y allí, de nuevo, hay unos hombres extraños en la puerta. Hombres de la Seguridad del Estado. He olvidado si el teniente Gutierrez viene de uniforme, sólo lo recuerdo como un tipo de mediana estatura, flaco, de rostro serio, que inspiraría confianza si no fuera de la policía política. Se hacen a un lado y dejan entrar primero a Heberto. Nos abrazamos, yo con más nerviosismo que nada, incapaz de creer que al fin se haya producido el milagro y Heberto esté de regreso en casa. Gutiérrez dice algo que tiene que ver con alguna cita futura y da media vuelta, le siguen los otros y se marchan.

Lo habían traído directamente a casa desde el Hospital Militar, según me contó luego. Allí pasó las últimas dos semanas de su prisión, enfermo de los riñones, a consecuencia del pentotal que le inyectaban en las venas. Todavía lo recuerdo sacando de sus bolsillos varios pedacitos de lápices con los que, dijo, había escrito la primera versión de la autocrítica, en la Seguridad. Estaba pálido y más delgado, pero casi tranquilo.

Cuando se cierra la puerta, ya a solas, se lleva el índice a la boca y me pide silencio. Vamos en busca de un papel y usamos aquellos pedacitos de lápices. Esa noche nos escribimos como si se tratara de cartas a algún ausente. Hay que mantener la boca cerrada y comunicarnos por escrito: las paredes tienen oido. Luego, a mi lado, allí en el sofá cama en el que entonces dormíamos, apretados uno junto al otro, como en uno de sus poemas, nuestros cuerpos son tablas de mutua salvación.

Al otro día, temprano, lo oigo hablando en el teléfono con María Luisa, la esposa de Lezama, y luego de una breve conversación con el autor de Paradiso, se dirige a la casa de Trocadero. Va a explicarle lo que ha pasado y lo que sucederá esa noche en la UNEAC: pero no hay necesidad de convencerlo, porque Lezama comprendió al instante lo que la Seguridad del Estado había tramado.

Sobre las siete de la tarde vamos ya en camino a la sede de la UNEAC, no lejos de nuestro apartamento en O y Humbold. No sé en qué tiempo, ni cómo, pero Heberto ha informado también ese mismo día a los poetas Pablo Armando Fernández, César López y Manuel Díaz Martínez de la situación y de lo que la Seguridad exigía a cambio de no proseguir la cacería de brujas contra ellos. El precio: la autocrítica.

Mientras atravesábamos en diagonal el parque de H, le digo que yo también quiero hablar, que voy a hacerlo. Pero me dice que no, que de ningún modo. Al final cede ante mi insistencia y soy yo, no él, quien decide que debo ser incluida en la autocrítica.

Subimos los amplios escalones de la mansión: en la puerta, lista en mano, un empleado de la UNEAC se encargaba de chequear a los que iban llegando. Sólo ciento cincuenta miembros habían sido *invitados* al espectáculo de degradación de aquella noche. Espectáculo único que pasaría a la historia como capítulo central del *caso Padilla*.

La sala Martínez Villena -- que hacía las veces de galería de arte, y que en tiempos de Gelats era el garaje, con apartamento de servidumbre en lo alto-- estaba repleta. Pero en medio de los escritores y artistas que parecían clavados ya a sus sillas, se movían unos extraños personajes, de traje y corbata, y cuyos rostros conocía de sobra, los policías de la Seguridad del Estado. Las cámaras de cine del ICAI ya estaban debidamente situadas frente a una mesa a la entrada, de espalda al jardín, mientras el público ocupaba el resto del salón, como en un teatro.

Sereno, como calculando lo que pronto sucedería y que él parecía conocer al dedillo, Heberto permanecía a mi lado, mientras se abría el espectáculo con las palabras de José Antonio Portuondo, excusando a Nicolás Guillén por no sé qué enfermedad. Era óbvio que Nicolás no deseaba estar presente, y que debía tenerle miedo a la Historia. Portuondo, por su parte, carecía de escrúpulos al asumir su papel de presentador, en calidad de vice presidente de la UNEAC. El antiguo rector de la Universidad de Oriente, y promotor de un grupo de jóvenes poetas de la provincia, entre los que me encontraba, había sido también mi profesor de estética en la Universidad de La Habana. A pesar de ser un viejo marxista, tenía aspecto y maneras de burgués, siempre vestido con elegancia, al igual que su esposa, una señora de porte distinguido a quien recuerdo en su casa de Vista Alegre, rodeada de comodidades y cierto lujo.

Cuando Heberto tomó la palabra, un extraño silencio estremeció la sala, como si las víctimas de los Procesos de Moscú revoletearan en el techo, pero pronto dominó la escena con su fabulosa capacidad de improvisación. Las cámaras del ICAIC lo seguían como espías malévolos; los agentes secretos de la Seguridad no le quitaban los ojos de encima. Heberto hablaba sin necesidad de echar mano a papeles o a guía alguna. Parecía un actor repitiendo un texto previamente aprendido. Se repetía a sí mismo. Repetía, con pelos y señales, el libreto previamente escrito en la Seguridad del Estado y que sus carceleros habían aprobado, luego de tachar y corregirle ciertas líneas. Incluso leyó un poema escrito en prisión, dijo él, en homenaje a la primavera. Un poema absurdo que era parte del espectáculo. El tono de la autocrítica era de por sí una denuncia al totalitarismo, a la dictadura. Una acusación que cualquiera podía ver a simple vista. Una trampa, en que Heberto hizo caer al propio Fidel Castro.

Si alguien duda de las verdaderas intenciones de su autocrítica, debería detenerse y analizar a fondo todo lo allí dicho, y leer entre líneas, porque incluso tuvo la habilidad de dejar bien claro el papel de informante de la Seguridad que había jugado Norberto Fuentes en aquéllo. Tres días antes de nuestra detención, Norberto --que no era amigo de Heberto, sino mío-- se había presentado en nuestro apartamento con el pretexto de hablarle de la situación en torno al fotógrafo francés Pierre Golendorf, detenido recientemente. Y luego de tres días de conversaciones, el viernes 19 de marzo, también se apareció en el Hotel Riviera, donde Saverio Tuttino, corresponsal italiano de la Unitá, se había citado con Heberto y Jorge Edwards para despedirse.

Pablo Armando Fernández, César López, yo y Manuel Díaz Martínez, fuimos ocupando uno a uno el banquillo de los autocriticados. ¿Qué dije? Ya ni lo recuerdo, pero sí que me acusaba a mí misma de hablar mal del gobierno y ser una desafecta y una malagradecida, incapaz de ver todo lo que, como escritora y ser humano, le debía a la Revolución, y cómo había yo influido negativamente en Heberto.

Todavía resuena en mis oidos la voz del poeta haitiano René Depestre, su español afrancesado, lleno de emoción, quien entre incrédulo y asombrado, con auténtico candor, se pone de pie y saluda. ¿Cómo no iba Depestre a reconocer la farsa? La respuesta la da cuando poco tiempo después se marcha de Cuba para no volver jamás.

Las luces se van apagando, los *actores* reciben abrazos, saludos, confraternización, como si allí no hubiera pasado nada, como si las aguas bautismales nos hubieran librado para siempre del pecado cometido contra la Revolución.

Los policías se escurren entre la multitud, y el ICAIC recoge sus cámaras y artefactos y se marchan todos. Santiago Alvarez, director del Noticiero ICAIC, lleva bajo el brazo la cinta maldita de la grabación. Fidel Castro lo espera impaciente en su despacho para verla. Al menos, piensa, ha conseguido humillar a Heberto, hacerle que se trague sus propias palabras, y avergonzarnos al resto.

Pero días después la respuesta de los intelectuales europeos y latinoamericanos más importantes de la época, desde Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, hasta el propio García Márquez, lo hizo despertar de su sueño. La autocrítica de Heberto Padilla se había convertido en un boomerang, y dañaría para siempre la imagen de la Revolución en el mundo.


FOTOS: Heberto Padilla, por Lee Lookwood
Florencio García Cisneros, con Heberto y Belkis, en Cuyler Rd, Princeton, 1992.


Thursday, April 22, 2010

Vicente Echerri y otros queridos amigos poetas, de visita en La Casa del Agua (La Casa Azul)

Belkis Cuza Malé


El miércoles 21 de abril, La Casa del Agua (La Casa Azul) recibió la visita del poeta, escritor y periodista Vicente Echerri, amigo de toda la vida, de los tiempos, sobre todo, de Princeton. Hacía un año que Vicente no volvía a Miami; pero la comunicación nunca se pierde. Vicente es un amigo de la cercanía del espíritu. Nos unen tantas cosas, y en especial, la memoria de Heberto, a quien no podemos dejar de recordar cuando nos vemos.
Para celebrar la presencia de Vicente Echerri en la capital miamense, nos hicieron compañía los queridos poetas y escritores Reinaldo García Ramos, Juan Cueto-Roig y Baltasar Santiago Martin. Pero además, contamos con la presenciad el cantautor Carlos Gómez y Marta, su esposa. Sólo que una inesperada llamada de casa, hizo que los artistas se marcharan corriendo, y nos dejaran sin las canciones prometidas. Será otro día.
Fue una tarde agradable, como siempre, pues los amigos son muy queridos en La Casa del Agua y siempre la pasamos bien. Y además de la conversación y los vinos, comimos a gusto. Sí, porque estuve todo el día cocinando para ellos, porque quiero seguir mereciendo la medalla de "Chef" que me han dado estos desde los tiempos de aquel famoso pavo del Rancho. Pero está vez fue una pierna de puerco asada, estilo cubano, y muchas otras cosillas que improvisé.
Aquí las fotos. Cinco son de Reinaldo García Ramos y las otras cinco de Baltasar Santiago Martin. Gracias a todos por la gentileza y la amistad.
Y se las pongo corriendo, porque dentro de un ratico me voy al homenaje que la ciudad de Miami (auspiciado en primer lugar por la Fundación Apogeo y su director Baltasar Santiago Martín) va a ofrecerle esta tarde en el teatro Tower a la gran rumbera, actriz y cantante, Amalia Aguilar, una gloria de Cuba (y de México). Famosa entre los famosos del gran cine de oro mexicano.


Sunday, April 11, 2010

Inaguración del tríptico de Gloria MilandelaRoca, Setra, Apogeo, NaGari y Tertulia

Belkis Cuza Malé

El viernes 9 de abril, Gloria MilandelaRoca, artista y poeta venezolana, residente en Miami, cortaba la cinta inaugural de su hermoso tríptico --en compañía de otros artistas y su familia--, al día siguiente en La Habana se celebraría un ridículo y penoso acto en la llamada Tribuna Antimperalista.
Perdónenme que aproveche este espacio para hablar de ese ridículo, pero no puedo dejar de hacerlo. Es casi para llorar, sólo que como dice la gran Celia Cruz en esta canción que he escogido especialmente como música de fondo, "la vida es un carnaval". Sólo voy a señalar por qué tildo de ridícula a Nancy Morejón, poeta que parece haber perdido el rumbo.
Cuando en 1964, siendo ambas casi unas adolescentes, me pidió que escribiera el prólogo de su libro Amor, ciudad atribuida, publicado por las Ediciones El Puente, aún no nos conocíamos en persona. Yo vivía en Santiago de Cuba y ella en La Habana, pero nos unía una amistad epistolar y la poesía. La Nancy Morejón que conocí luego no me decepcionó, era fina, callada, y decía tener entonces una extraña relación *sentimental* de pareja dispareja, con Miguel Barnet. Nuestra amistad continuó siempre a lo largo de todos los años en que trabajaríamos juntas en La Gaceta de Cuba de la UNEAC. De ella, tan discreta, no puedo decir otra cosa.
A Miguel Barnet prefiero recordarlo como al amigo de los tiempos dificiles, el mismo que me invitaba al Copellia a tomar helado de limón o de fresa, y me acompañaba a menudo a caminar por El Vedado, mientras iba "matando" mujeres, para que yo, decía, pudiera vestirme como ellas. El Miguel ingenioso, y a ratos serio, que no dejaba entonces de compartir conmigo sus pensamientos, que años después recogería para mí en la casa de Pushkin en Rusia, aquella bellota que guardé con la ilusión de una reliquia. El Miguel Barnet que fue testigo de nuestra boda, que ofreció su casa para celebrar el matrimonio. El mismo Miguel que en alguna ocasión, cuando no teníamos dónde, nos ofrecía a Heberto y a mí su cama para que pudiéramos amarnos. El Miguel de la jicotea en la bañadera, del majá quita malas vibras. Sí. Ese es el Miguel Barnet que prefiero guardar en mi memoria. A éste de la tribuna antimperialista no lo conozco. Tampoco a esta Nancy, con ese alarde de dirigente sindical con vuelos de mala poesía.
No voy a aceptar que la vida y el tirano los hayan transformado hoy en estas babosas. Ni que hablen con ese lenguaje trasnochado. Ahora, en lugar de ser poetas, son grandes farsantes, se han subido a la tarima y se ponen esas máscaras de "dirigentes revolucionarios". Si al final de sus vidas Nancy y Miguel no terminaron casándose (aquéllo era un juego, claro), se han casado de otro modo, con la retórica del pasado, con la mentira. Ellos, tan liberarles, tan homo, tan lesbi, tan tan... ahora son los jefes de la Unión de Escritores. Los herederos de Nicolás Guillén y de unos cuantos más. Con la diferencia de que nunca le oi un discurso a Nicolás, ni un teque, ni nada que no fuera su poesía. Y ni eso, porque no lo dejaban leeer sus poemas en la Tribuna del Máximo Líder, quien solía llamar a NG *un negro con un tambor*.
Pero como ¨la vida es un carnaval" y ahora mis amigos se han quedado en la nebulosa del pasado, y se alían con las sombras, y les dan la espalda a los muertos de la patria, les pongo aquí a la Celia para que les cante y recuerden --especialmente Nancy, que siendo niña era vecina de Celia en La Habana-- que detrás de esa comparsa de ellos dos está la muerte y el dolor de todo un pueblo. Por fortuna, otros amigos escritores y artistas parece que prefirieron quedarse en casa, y no los pudieron convencer para la pachanga de la tribuna antimperalista.
Pocas horas antes, pero en la ciudad de Miami, otros artistas --cubanos, venezolanos, colombianos, etc,--, se reunían libremente para acompañar a Gloria MilandelaRoca a inaugurar su tríptico en los portales de la Joyería Ultra. Libres para expresarse, para compartir, no importa lo que cada uno piense de cualquier tema. Libres para disentir o para creer en lo que les apetezca.
La actividad, organizada por la Fundación Apogeo, que dirigen Baltasar Santiago Martín, Miguel Alzate y Eneida Banegas, y por el Grupo Sentra, que publica la revista literaria NaGari, se celebró en el Centro Cultural Cuba Ocho, con artistas libres, a diferencia de aquéllos de la Tribuna Antimperialista.
Gracias a todos por haberme invitado a su tertulia, y por poder charlar sobre estos 28 años de Linden Lane Magazine. Con una segunda patria, pero sin amos.

Fotos cortesía de Bernardo Diegues.
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Thursday, April 01, 2010

Acaba de salir Linden Lane Magazine, Vol. XXIX No. 1 Primavera 2010



Belkis Cuza Male

Gracias a todos los colaboradores de este primer numero del 2010. Los que deseen adquirir la edicion impresa, pueden examinar su contenido y si les complace solicitarla directamente aqui:

http://magcloud.com/browse/Issue/69639






O comprarla enviando email a lindenlanemag@aol.com

Acabamos de poner tambien Linden Lane Magazine en la web site de La Casa Azul. Vayan y disfruten de la hermosa portadilla realizada generosamente como siempre por la artista y escritora cubana Karin Aldrey.
Aqui:
http://www.lacasaazul.org/Linden_Lane_Magazine_Vol29No1_Spring2010.html


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Friday, March 26, 2010

Le Fleur de Mars 2010

Belkis Cuza Malé



*Secrets stolen from deep inside... Time after time*. (Jules Styne, compositor de Time after Time) Fotos: Fundación Apogeo
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Wednesday, March 17, 2010


Marzo 16 de 1980: Una nueva vida

Belkis Cuza Malé

En marzo 8 de 1980, Heberto --todavía en Cuba--, me llamó a New Jersey para decirme que había sido citado a las oficinas de Fidel Castro y éste lo había autorizado a abandonar el país. Al día siguiente, recibí una llamada de Jan Kalinski, asistente del Senador Edward Kennedy, para darme la noticia de la salida de Heberto, gestionada por el Senador. Una hora más tarde volvió a sonar el teléfono y era Gabriel García Márquez quien, tras casi seis meses de silencio, volvía ahora para darme la noticia. No quise ser descortés y preferí que pensara que sí, que era el primero en comunicarme la decisión de Fidel Castro.
Faltaba un mes para que se cumpliera el año de mi llegada a Estados Unidos, de la mano de Ernesto --entonces de 6 años--, con la misión de mover cielo y tierra a fin de lograr la salida de Heberto. Cabría decir liberación, pues después de nuestra detención en marzo 20 de 1971 permanecía en una especie de arresto domiciliario. Y aunque a mí se me había mantenido hipotéticamente en la redacción de La Gaceta de Cuba, no podía ni tener acceso a las pruebas de galera del magazine, ni publicar nada. Me limitaba a llegar a las dos de la tarde, firmar el libro de entrada y sentarme en aquella mesa redonda de la redacción. Pero en vez de contemplar las telarañas del techo, me dispuse a estudiar botánica, en un libro que había pertenecido a la biblioteca de Gelats (antiguo dueño de la mansión). El libro había pasado a engrosar los volúmenes de la biblioteca de la UNEAC, que celosamente dirigía el crítico y antiguo editor de Origenes y Ciclón, José Rodríguez Feo. Cuando ya aprendí todo lo que me interesaba sobre botánica, me dediqué a la costura, ante los ojos asombrados de mis compañeros de redacción. Me convertí en una especie de Penélope, confeccionando aquella sobrecama de parches en forma de rosas, que de algún modo me relajaba los nervios. Luego, como vi que el jardín de Gelats estaba perdiendo brillo y no aparecía un empleado que se ocupase, me ofrecí para crear uno pequeño a un costado de la mansión. La casa de al lado, una edificación de estilo clásico, de alto puntal y mampostería, había sido reparada y convertida en lo que luego se conoció como *la casa de los plásticos*, con taller de grabado y almacén de materiales de pintura, al frente del cual estaba el inolvidable Raúl. Hombre bueno y afable, había trabajado gran parte de su vida como doméstico en la casa de los millonarios Fallas, a media cuadra de allí.
Con el paso de los días mi jardín fue tomando forma, y llegué a sentirme casi feliz realizando una labor de jardinería que levantaba a mi alrededor murmullos de aprobación. No era raro verme incluso rodeada de escritores extranjeros que visitaban la UNEAC. De seguro no podían sospechar que aquella muchacha estaba condenada a la no existencia, como había sucedido en China con otra escritora vetada y enviada a trabajar a la cafetería de la sociedad de escritores. Esa historia me sugirió el título de mi libro Diario de una escritora con jardín (aún inédito), que recoge nuestras actividades en la provincia de Matanzas en 1970. A Heberto y a mí nos habían enviado, junto con otros, a la zona de Limonar, con el fin de participar como escritores en la zafra de los diez millones. El central, de Reinaldo Arenas, fue escrito también en esa etapa, como testimonio de aquel absurdo maratón.
Pero ahora, apenas con el anuncio de la primavera en New Jersey, mi cuerpo estaba dando señales de agotamiento físico y mental y mis defensas disminuyendo. Creo que estuve a punto de una neumonía o algo así, pero me resistía a sentirme enferma. En Miami estaban mis padres, que aunque pobres, nos habían protegído a Ernesto y a mí, y dado refugio y apoyo en aquella casita del Northwest de la ciudad que los vio llegar si un centavo en julio de 1966.
Con la amenaza -- por parte de los diplomáticos cubanos en Washington-- de que debería abandonar Miami si quería que Heberto fuera autorizado a viajar, nos marchamos Ernesto y yo en aquel ómnibus de la Greyhound. El viaje entre Miami y la ciudad de New York duraba 31 horas, pues a cada seis entraba a insospechados pueblos, para cambiar de chofer. No sólo dejaba atrás a mis padres y su protección, sino mi trabajo como redactora de la revista Fascinación, que dirigía Mercedes Cortázar. Nunca he podido saber por qué motivos aquella empresa me exigió que me sometiera a un detector de mentiras como requisito para obtener el puesto. Supongo que formaba parte de la paranoia que se vivía allí, donde la vigilancia interna ponía en duda hasta la privacidad de los baños.
Pero yo necesitaba un salario y aquel sitio, mal que bien, me lo proporcionaba, al igual que la posibilidad de escribir aunque fuese un periodismo de salón de belleza.
En la estación del Port Authority de New York nos estaban esperando mi amiga de infancia y vecina, Elkes Arjona, Elga, su hermana y una amiga que manejó hasta la ciudad, pues ellas no se atrevían. A casa de la familia Arjona fuimos a vivir Ernesto y yo. Elkes, Elga y Borjita, la madre, formaban el pequeño núcleo familiar. Las tres estaban íntimamente ligadas a mí, como sucede en Cuba con nuestros vecinos de toda la vida. Eran parte de esa familia mayor que son las amistades íntimas, además de vernos a diario, los domingos solíamos ir al cine, a la tanda del mediodía, único sitio al que mi padre me permitía salir con mis amigas. Al cabo de esas dos horas tenía que regresar a casa, pues ni pensar en contradecir su rígida disciplina.
Siempre recordaré aquella maravillosa mañana de noviembre a primera hora, en que Borjita nos despertó para que viésemos por primera vez la nieve. !Qué espectáculo de tarjeta postal!
Durante los meses que viví en su casa, me las arreglé para conseguir un trabajo como administradora en una tienda de ropas de la calle Elizabeth Avenue. El dueño era un cubano que vivía en Union City y cada semana venía a recoger el dinero que se hiciese, que a veces no era suficiente ni para cubrir los gastos. Nadie sospechaba que siendo yo cubana estuviera prácticamente indocumentada. Había entrado a Estados Unidos con visa de turista por seis meses, y hacía rato que mi estatus había cambiado. Me encontraba sin opciones, pues no podía pedir asilo político, porque hubiera echado por tierra todos mis esfuerzos para sacar a Heberto de Cuba, y la represión contra él y mi hija serían mayor. Porque en La Habana se había quedado María Josefina, entonces de 13 años, a quien su padre (mi primer esposo) no autorizaba a reunirse conmigo. Ya saben el chantaje de la patria postestad compartida, que sólo sirve para ejercer presión sobre los que intenten abandonar el país.
Cada día, Nélida Sánchez, una cubana que vivía cerca, y que pronto se convertiría en la madrina de Ernesto, lo recogía en su automovil para llevarlo a la escuela. Porque era imposible para él hacer el recorrido a pie, con tanto frío y a veces nieve. Pero yo no tenía más remedio, a pesar de la lluvia o la nieve, que caminar a diario hasta la tienda de Elizabeth Avenue, y luego en la tarde, Elga y Elkes me recogían a la salida del trabajo.
Miro ahora al pasado y contemplo con estupor mi vida de entonces, llena de febril actividad, a pesar de los obstáculos. No sólo no tenía dinero, sino que mi conocimiento del inglés era rudimentario y aún sin poder escribirlo y hablarlo con corrección, nada me impidió ponerme en contacto con algunas personalidades de este país, como el propio Robert Silvers, director de The New York Review of Books, el más prestigioso magazine literario de entonces, donde Heberto mismo había publicado algunos poemas estando todavía en La Habana. Tanto Robert (Bob) Silvers como Susan Sontag habían visitado Cuba poco antes del proscripto Premio Julían del Casal otorgado a Heberto en 1968. Recuerdo que nos reunimos con ellos en el Hotel Nacional, en animada charla. De ese primer contacto surgiría años más tarde la solidaridad con Heberto, tanto de Silvers, como de Susan Sontag. Y gracias a ellos, y a otros amigos intelectuales, fueron posible las gestiones con el Senador Kennedy, y las del propio Bernard Malamud, entonces Presidente del Pen Club Internacional y quien le escribió directamente a Fidel Castro.
Mientras, en el tenebroso fondo, se movían las figuras de los funcionarios de la Misión de Cuba ante las Naciones Unidas. Y en especial la de Jesús Arboleya, un personaje que entonces era una especie de agregado cultural de Cuba, cosa que legalmente no era posible, al no existir relaciones diplomáticas entre ambos países. De todas formas, a pesar de ser diplomático ante las Naciones Unidas, Estados Unidos no le permitía traspasar el perímetro territorial establecido por el Departamento de Estado.
A Arboleya lo había conocido en ese primer viaje que hicimos Martha Padilla (la hermana de Heberto) y yo a la ciudad de New York, para entrevistarnos con él, según me pidió en llamada teléfonica a la casa de mis padres. El gobierno cubano quería conversar conmigo sobre *mis planes*, y yo no perdí tiempo en complacerlos.
A la entrada del edificio de la Misión cubana, nos encontramos un espectáculo único: la policía neoyorquina custodiaba el sitio, y el frente estaba acordonado con una cinta amarilla en señal de peligro. Todavía se veían cristales rotos y otras averías, pues un día antes había explotado allí una bomba casera, obra, decían, de la organización anticastrista Omega 7.
Como la situación en la Misión era caótica, en cuanto Arboleya bajó a recibirnos, nos ofreció cruzar la calle y conversar en un pequeño restaurante italiano que había al frente. Durante la conversación llegamos al punto crucial cuando le oí la propuesta que el gobierno cubano me hacía: que yo regresara a Cuba y de este modo volveríamos todos juntos. Es decir, Heberto, mis hijos y yo.
No sé cómo, pero me oí contestándole con una especie de evidente alegría, pues por primera vez estaba ejerciendo mi libertad de expresión frente a un individuo que representaba al régimen represivo de mi país. "Mire, puede usted decirle al gobierno cubano que yo no regreso a Cuba. Que aquí me quedaré esperando por Heberto*. Funcionario al fin y al cabo, instruido en la obediciencia, no me contradijo, sino que se ofreció a llevarnos de vuelta a Elizabeth, a la casa de las Arjona, donde también nos alojamos durante esos días. Fue realmente un riesgo, lo confieso, pues hubiéramos podido ser secuestradas. Al menos yo, cuyo estatus legal de entonces les permitía cualquier cosa. Pero Martha, que residía en Miami desde antes de 1959, era ciudadana americana.
Ese contacto sistemático, que continuó por teléfono cuando ya habíamos regresado a Miami, y que no dejó de existir hasta la salida de Heberto, me permitió conocer ciertas actitudes de otros cubanos residentes en este país y que ejercían como profesores en cátedras universitarias. O eran simples escritores y artistas.
Con la falsa promesa de que me ayudaría a encontrar una plaza como profesora asistente en un departamento de español de alguna universidad, Arboleya me entregó entonces una lista de 87 profesores y escritores cubanos del exilio que según él mantenían contacto regular con su oficina. Es decir, con él, un alto funcionario de la inteligencia cubana. Y recuerdo muy en especial su recomendación de que no dejara de llamar a uno de ellos, que vivía en Connecticut, porque luego este individuo se quejaba de estar siendo marginado.
A la par de esta conexión oficial con el gobierno de Cuba, yo arañaba cielo y tierra para encontrar a los personajes adecuados que pudiesen tocar con éxito a la puerta de Fidel Castro y solicitarle la merced de dejar salir del país al poeta Heberto Padilla. Sin embargo, aunque sostuve varias conversaciones telefónicas con el escritor Gabriel García Márquez --a veces de más de una hora--, no dejaba de sorprenderme cuando le oía expresarse como un comunista de partido, atacando a Estados Unidos. Pero mis esperanzas estaban puestas en el Senador Kennedy y su gestión directa con Fidel Castro. Nada de esto lo sabía Arboleya quien cada vez que me llamaba (ya no lo vi más en persona) era para mentirme y darme falsas esperanzas.
García Márquez me había dicho, en un tono que intentaba ser convincente, que si yo le enviaba un telegrama a Fidel Castro, señalando que él me lo había pedido, no pasaría ni un mes en que se produjese la salida a Heberto. Entre las indiscreciones cometidas por el Premio Nobel estaba la de comentarme que él había hablado mucho con los altos jefes de la Seguridad Cubana intentando persuadirlos de la conveniencia de dejar ir a Heberto. Y aclaraba que había algunos en la Seguridad que se oponían.
Pero pasaron los meses y Heberto seguía en La Habana. Hasta ese inolvidable mes de marzo. Siempre marzo. La llamada de García Márquez a la casa de las Arjona no dejaba dudas de que ahora el viaje de Heberto era inminente, sólo que no sería directamente a Estados Unidos, sino a Madrid. Yo, por supuesto, no estaba en condiciones de irme a Madrid, y por eso le expliqué por teléfono que mi estancia en New Jersey era precisamente debido a que el gobierno cubano me había exigido que saliera de Miami para que la llegada de Heberto se produjese. De modo que le insistí en que hablara esto con las autoridades de la Isla. García Márquez me volvió a llamar en un par de horas para informarme que Heberto saldría hacia Canada, cosa que también me inquietó. ¿Cómo iba yo a trasladarme a Canada, sin recursos y con un niño pequeño?
Al asistente del Senador Kennedy le expuse mi preocupación y me afirmó que Heberto sólo estaría de paso y que él lo iba a ir a recoger al aeropuerto de Montreal y le llevaría un abrigo.
A New York llegaron los hijos de Heberto, y Martha, la hermana, con su hija Marthica. Nos alojamos todos en un hotel cerca del aeropuerto La Guardia, donde por orden del Senador Kennedy teníamos reservadas habitaciones para una estancia de tres días, y estaba planeada una comparecencia pública de Kennedy, dándole la bienvenida al poeta. En esos días Kennedy aspiraba a la Presidencia y se encontraba en plena campaña electoral.
Creo que más que el tiempo transcurrido, las tensiones para lograr la salida de Heberto, y el sufrimiento por todo lo que rodeaba entonces nuestras vidas contribuyo a que en su momento yo borrase de mi mente muchos detalles desagradables. En medio de la alegría del momento, yo estaba muy triste. Sabía que sólo había conseguido una victoria parcial, pues mi hija permanecería de rehén en la isla (y sí, no me equivoqué, estuvo diesiocho años, hasta que pudo abandonar Cuba en 1997).
Por ejemplo, intento recordar ese primer momento en que volví a ver a Heberto tras su llegada de Montreal, y no puedo. Sólo lo recuerdo horas después, ya cambiado de ropa, con un traje negro muy elegante que le había traido su hija Giselle. Y recuerdo también cierto pequeño alboroto cuando se presentaron en nuestra habitación los agentes del FBI que acompañaban a Kennedy. LLegaron primero e inspeccionaron a vuelo de pájaro la estancia y a los pocos minutos se apareció el Senador, quien tras saludar efusivamente a Heberto, nos invitó a que lo acompañásemos al salón donde iba a producirse su encuentro con la prensa.
Yo estaba desde hace días sintiéndome mal, muy acatarrada, y sin fuerzas. Lo peor era que en medio de mi batalla por lograr la salida de Heberto, no me había preparado para ese momento, y como no disponía de mucho dinero (pues todo se iba en pagar llamadas a Cuba y a otros sitios) no tenía ninguna ropa presentable. Sólo aquel abrigo negro largo de nylon enguatado, con el que había estrenado una visita a la ciudad de New York, invitada por los escritores Helen y José Yglesias. Ahora, con el comienzo de la primavera, necesitaba ropa adecuada. Nélida, que además de llevar y recoger a Ernesto de la escuela, se había convertido en mi amiga, resolvió el problema. Le pidió prestado un abrigo de temporada y un vestivo, a una amiga suya urugüaya. El vestido era lindo, y el abrigo también, pero ninguna de las dos prendas eran lo suficientemente fuertes para la nevada que inesperadamente cayó el 16 de marzo de 1980, día de la llegada de Heberto. El viento helado terminó por empeorarme, y durante ese tiempo que estuvimos en el hotel no pude levantarme de la cama.
Con los ojos achurrados y tiritando, bajé al salón donde el Senador Kennedy le daba la bienvenida a Heberto. Todavía me parecía mentira. De ese día son las fotos con Kennedy, en el hotel. Al día siguiente el The New York Times publicaría una extensa crónica sobre Heberto Padilla y su salida de Cuba tras gestiones directas del Senador Kennedy con Fidel Castro.
Comenzaba una nueva vida para nosotros. Pero llena también de nuevas luchas y confrontaciones con los que no querían aceptar, incluso aquí en Estados Unidos, a este poeta que les había aguado la fiesta. Cuba era una tiranía espantosa que terminaba por devorar a sus propios hijos. Pero como el título del famoso documental, nadie escuchaba.
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Nota: gracias a Reinaldo García Ramos por el recorte del The New York Times.


Friday, March 05, 2010

El Nuevo Herald > Galería > Artes y Let Artes y Letras Armando Alvarez Bravo: *La poesía es esencialmente un milagro''
By BELKIS CUZA MALE

Especial/El Nuevo Herald

Armando Alvarez Bravo seguirá siendo para mí el poeta de El azoro, el joven de hace cuatro décadas y que ya dominaba a la perfección el inglés. Entonces como ahora, su voz firme y segura hacía que las palabras resonaran doble, como en un eco, salido no sé de dónde. Eran los años en que ser un poeta católico y proclamarlo se veía casi como una provocación, y aquel silencio que se hacía en torno suyo le daba aire de personaje extraño. En medio de la jungla que pernoctaba en la casona habanera de 17 y H --donde estaba y está ubicada la Unión de Escritores y Artistas Cubanos--, compartimos años de labor como redactores de La Gaceta de Cuba. ¡Qué tiempos aquellos, en que a pesar de los pesares, intentábamos sonreir, mientras en el jardín crecían silenciosos el marpacífico y la palma del caminante, mientras a nuestro alrededor las sombras parecían instalarse en los pasillos de la antigua casona del banquero Gelats!

Tras la publicación de su Orbita de Lezama Lima en 1966, no quedaba dudas de que la suerte estaba echada: el poeta, ensayista y traductor (todavía no conocía su talento de cuentista), se definía aún más, ahora, como gran ensayista y antologador. Hoy, al cabo de tantísimos años, su Orbita no ha podido ser superada, no obstante la posterior ``popularidad'' del autor de Paradiso ha dado motivo a innumerables estudios y textos sobre Lezama.

Reposado y lleno de vivencias personales, con una abundante obra literaria y de crítica (arte y literatura), y una familia que no ha dejado de ser el centro de su mundo, Alvarez Bravo sigue deleitando a sus lectores con nuevos títulos. El más reciente, Cuaderno de campo (Ediciones Universal, de Miami), debe leerse, según él, como un milagro, poque la ``poesía es esencialmente un milagro''. Y qué maravilla de milagro. Si alguien ha olvidado el rumbo, le recomiendo que vuelva a tomarlo, y no deje de leer al poeta Armando Alvarez Bravo, habanero de pura cepa.

Por lo regular los niños juegan a la pelota y no leen poesía, por eso indago qué transformación tuvo que sufrir su espíritu para que se inclinará por la poesía. ¿Qué te llevó --le pregunto--, a ser escritor? Bueno, comencemos por el principio... contínue leyendo la entrevista en http://www.lacasaazulcubana.blogspot.com/

Nota importante: La foto que ven aquí de los poetas Armando Alvarez Bravo y Heberto Padilla aparece en forma vertical a pesar de que originalmente no está así y la he borrado y he vuelto a bajarla aquí más de diez veces. El resultado es siempre el mismo. ¿Debo atribuirlo a alguna razón esotérica? ¿Quizás el espíritu de Heberto? Lo dejó a vuestra consideración. De todos modos, es una foto ya histórica, tomada en Madrid, en julio de 1982, durante el Congreso Mundial de Poetas al que asistimos Heberto y yo.

Friday, February 26, 2010


Ni raíz, ni rama: en memoria de Orlando Zapata Tamayo, asesinado por el gobierno cubano

(Artículo publicado hoy en mi columna semanal del periódico Panorama News, en FortWorth, Texas)

Belkis Cuza Malé

Queridos lectores: éste es un artículo reciclado, que sólo intenta rendir homenaje hoy a un hombre: Orlando Zapata Tamayo, que en estos momentos está siendo enterrado en su natal pueblo de Banes, allá en la antigua provincia de Oriente, Cuba, de donde soy oriunda. Zapata murió tras recibir golpes y ser brutalmente torturado por el régimen comunista que impera en la isla. Era un albañil, un cubano de a pie, que trabajaba con sus manos, pero que pensaba con cabeza propia, y pronto se convirtió en disidente y rechazó las injusticias que se comenten a diario en ese país. Fue detenido en marzo de 2003, junto con otros disidentes, en lo que se conoce como La Primavera Negra.
Zapata estuvo 86 días en huelga de hambre desde diciembre de 2009, en una inmunda cárcel a donde había sido mantenido, por el único delito de expresar su opinión contra el régimen de Fidel Castro. Golpeado y torturado vílmente por sus carceleros, el joven Zapata decide hacer una huelga de hambre y entregar su vida al holocausto, antes de ser tratado como una bestia. Las autoridades cubanas no impidieron su muerte, sino que la propiciaron, y como dice su madre, Reina Luisa Tamayo, su hijo fue asesinado. Quiero, pues, rendir homenaje a su memoria, y pedirles a todos que eleven una oración al Señor como tributo a un hombre que entregó su vida en aras del derecho de todo un pueblo a ser libre y a expresarse.

Ni raíz ni rama: ¿el mundo ideal?

Soy una fanática de la ilustradora Mary Engelbreit, de sus tarjetas postales y de su revista Home Companion, dedicada no sólo al hogar, la decoración y la original obra de su fundadora y directora, sino a la "inspiración''. Cuenta la propia artista que su revista nació cuando una mujer le dijo: "Me gustaría vivir en sus tarjetas postales''. Y eso fue lo que hizo: creó una revista para meternos a todos de cabeza en sus ilustraciones. De modo que podamos beber de las fuentes de la niñez eterna, de la felicidad, de los sueños. Llenar la vida con colores, sabores, y la sensación de que vivimos en un mundo seguro, hermoso, lleno de seres humanos buenos y decentes; un mundo donde cada uno tuviese algún encanto particular, al margen de sus riquezas o sus capacidades, porque sólo cuenta la "inspiración''. En el mundo romántico de Mary Engelbreit todos vivimos arropados en noches de invierno, junto al fuego de las chimeneas, mientras que del horno se expanden los olores del pastel de manzana, cubriendo como un manto a la noche. O en verano, es la playa siempre de parasoles y castillos de arena al estilo de la arquitectura encantada de la propia Engelbreit. Tanto en sus tarjetas postales como en su revista, lo que prevalece es la idea de que la vida es siempre digna de ser vivida con amor, que la felicidad se encuentra con sólo destapar una caja de galleticas de crema, o en la seguridad que nos ofrecen los hogares estables, inspirados en épocas que parecerían el rompecabezas de la felicidad, o un sueño del que vamos a despertarnos en medio de las décadas de los treinta, los cuarenta, los cincuenta e incluso los sesenta.

Les hablo de todo esto, porque en el mundo de Mary no hay malvados ni demonios. Por supuesto, es un mundo idealizado, un mundo de tarjeta postal, un mundo artístico, hogareño y pulcro. Tampoco hay guerra, ni las personas que lo habitan han sido víctimas de atropellos, crímenes, o terrorismo. Y sin embargo, uno siente que el mundo de esa tarjeta postal, como le pidió aquella señora a Engelbreit, ha tenido hasta ahora visos de realidad.

El París de la Segunda Guerra Mundial, contemplado a través de las páginas de una edición conmemorativa de Vogue, y los escritos de muchos testigos, es el de una ciudad violada, una ciudad invadida por las alimañas fascistas. ¿Recuerdan sus uniformes? Hasta esa ropa perdió su gallardía en el caso de los nazis y de otros ejércitos deleznables, y sucede lo mismo cuando un soldado del demonio viste el uniforme. El crimen tiene pátina, va manchando la esencia de los cosas, va gravando con energía negativa, virulenta, punzante, cada ser que se envuelve en el ejercicio del mal. ¿Cuál es el rostro de Satanás? El de cualquier soldado que está a las órdenes del poder siniestro. Un rostro multiplicado, afacetado, lleno de odio.

Nosotros los cubanos vivimos desde hace 51 años sumergidos en la literatura territorial de un tirano. El es el autor de su propia ficción, él ha hecho realidad la fealdad de su reino, como un ilustrador canalla que estuviera empeñado en hacer sucumbir la belleza. No sólo ha empobrecido a sus habitantes, sino que ha traído la desgracia a cada hogar cubano. Y todas las plagas. No hay nadie feliz en los 111,111 kilómetros cuadrados de la isla. Nadie que pueda decir: ha valido la pena tanta mentira.

Sé que los tiempos que vivimos no son ya como las tarjetas postales de Mary Engelbreit, pero al menos abrigo la esperanza de que más temprano que tarde, el averno se trague a los monstruos. Y vuelva a salir el sol en esas casitas donde la vida huele a rosas, a pan recién horneado; donde hay pájaros revoloteando en los árboles, y niños correteando en sus patines, y mujeres y hombres embelleciendo la vida con su trabajo y su amor por la humanidad. ¿Estoy soñando? ¿Parece ahora un imposible?

No, si estamos seguros de la justicia de Dios, seguros de que "viene el día ardiente como un horno, y todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa'', y "no les dejará ni raíz ni rama''.

!En paz descanse el cubano Orlando Zapata Tamayo!




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Sunday, February 21, 2010

Tercer artículo de Olga Connor sobre LLM, hoy en El Nuevo Herald

http://www.elnuevoherald.com/galeria/artes/story/657917.html

`Linden Lane': nuevo formato (Ultimo de una serie de tres)

Belkis Cuza-Malé fue y es la heroína de Linden Lane Magazine, publicada consecutivamente desde 1982 dondequiera que ella haya vivido: en Nueva Jersey, en Texas, en la Florida.
Nacida en Guantánamo, Cuba, y habiendo estudiado en la Universidad de Oriente, Belkis se fue a La Habana, donde comenzó enseguida a trabajar en periódicos, primeramente en Hoy, luego en Granma y más tarde en La Gaceta de Cuba. Se casó con Heberto Padilla en 1967 y le tocó estar encarcelada con él en 1971 por ``escritos subversivos''. Los libros que tenía publicados hasta ese entonces eran: El viento en la pared (1962), Los alucinados (1963), Tiempos de sol (1963) y Cartas a Ana Frank (1966). Su trabajo periodístico era también considerable. ``En Hoy estuve haciendo crítica de radio y televisión, con un seudónimo'', cuenta la escritora, ``cuando se acabó el periódico me mandaron para el nuevo periódico, Granma, donde hacía todo lo literario: entre otros entrevisté a Julio Cortázar, a Mario Vargas Llosa y a Alberto Moravia''. Pero después del año 71 fue silenciada.
Cuza-Malé se exilió con su hijo pequeño en 1979 y con sus gestiones pudo conseguir que Padilla saliera de Cuba, a pesar de que antes fue muy presionada a regresar a la isla por los funcionarios cubanos en Estados Unidos, porque estaba indocumentada. Su interés en la biografía creció en los años 70, y publicó más tarde lo que había investigado y escrito en Cuba, El clavel y la rosa: biografía de Juana Borrero (Instituto de Cooperación Iberoamericana en Madrid, 1984), sobre la poeta con la que se identificó espiritualmente. Le tradujeron al inglés Woman on the Front Lines, que incluye Juego de damas y El patio de mi casa (Greensboro: Unicorn Press, Inc., 1987) y Elvis. The Unquiet Grave or the True Story of Jon Burrows (1994). Publicó luego Juego de damas (2002) y La otra mejilla (ZV Lunáticas prólogo Grace Giselle Piney Roche, 2007).
El más reciente número de Linden Lane Magazine, correspondiente al Volumen XXVIII Nos. 1, 2, 3, 4 del 2009, en homenaje a la pintora cubana Carmen Herrera, que no ha sido reconocida hasta muy recientemente, es distinto en formato al estilo que prefería Belkis (``Yo escogí el del New York Review of Books''), que era tabloide, con papel de periódico, y el título en cursiva. La razón es el costo, porque ``ahora se imprime a medida que se encarga'', explica, ``en principio, hacía 3,000 ejemplares, se lo mandaba a las personas se suscribieran o no. Era un trabajo monstruoso que hacía yo sola, porque, como decía Flaubert: `Madame Bovary soy yo', y `Linden Lane soy yo'. Era hasta la `peistopista' (pegaba los cromos en las cartulinas); hace unos años aprendí a hacerla en la computadora. En Cuba, me pidieron mi primer diseño en los años 60 y pico: el disco del comandante Juan Almeida. ¡Y tuve que enfrentarme con ese hombre que dirigía el ministerio de las fuerzas armadas!''.
Linden Lane Magazine --de cuya historia tiene miles de anécdotas que saldrán publicadas en sus memorias-- tendrá distinto formato y papel satinado, pero sigue suscribiendo la misma política editorial: ``La idea es sobre todo que los escritores cubanos tengan un sitio'', afirma su creadora, ``que sus voces no se apaguen''. •

olconnor@bellsouth.net

Para encargar la nueva revista usar este sitio: http://magcloud.com/ browse/Issue/44599 y para comunicarse con Belkis Cuza- Malé: lindenlanemag@aol.com

A continuación algunas fotos de la vida cotidiana en Linden Lane, Princeton. Años 1981, 82.

Wednesday, February 17, 2010

La cantante y poeta Tonda Shaver en La Casa del Agua

Belkis Cuza Malé

Esta semana se ha roto un mito --al menos un mito muy generalizado en PalTalk--, ése de que la gente nunca llega a conocerse personalmente y de que la amistad o el amor en el internet forman parte de la vida virtual. Porque esta semana mi amiga, la cantante y poeta Tonda Shaver, ha bajado desde las tierras del Niagara hasta la Florida y ha llegado con su familia de visita a mi casa. Hemos paseado juntos por La Pequeña Habana, y he cocinado para ellos, aunque me sentí un poco como Marco Polo, deseando encontrar las especias adecuadas a sus paladares. Tonda vino acompañada de Scott, su esposo, de la pequeña y dulce Bri (Briana), su hija, y de Stacie, también amiga de PalTalk.
Mientras les decía adiós a la caída de la tarde, recordé el título de la novela del peruano Ciro Alegría, El mundo es ancho y ajeno, que desde la invención de la internet, se ha convertido en una falacia. Porque nada está más cerca hoy día que la amistad o el amor en este ancho mundo.
Tonda y yo somos amigas desde hace casi ocho años, la misma edad de Bri. Amigas incansables, diarias, donde compartimos vida y música, y mis dos rooms en PalTalk.
!Qué alegría romper con los mitos: aquí está la prueba!.

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Sunday, February 14, 2010

LINDEN LANE MAGAZINE, segundo artículo en El Nuevo Herald

Belkis Cuza Malé

Olga Connor publicó, hoy domingo 14 de febrero, un nuevo artículo (el segundo de una serie) dedicado a Linden Lane Magazine y sus 28 años de historia. Le agradezco a Olga sus generosos textos, y pongo link, así como una foto que quizás explique el misterio de todos estos años, creando un magazine sin ayuda de institución alguna, pública o privada. Sólo con la ayuda de Dios.
Es una foto de mediados de 1991, en Palmer Square,
en el centro de Princeton. Fíjense a la derecha, aparece un angel completamente blanco, transparente.
Verdadera materialización de este ser protector que nos ha acompañado durante todos estos años de duro bregar en el exilio.
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Thursday, February 11, 2010

Los amigos de Apogeo

Belkis Cuza Malé

El domingo, La Casa del Agua tuvo visita. Los amigos pintores Eneida Banegas y Miguel Alzate, acompañados de su hijita Estéfanie, de Baltasar Santiago Martin y Abel Reguera, todos de la Fundación Apogeo, vinieron a cenar conmigo. Ya era de noche y no pudimos disfrutar del paisaje marino, pero la presencia de la pequeña Estéfanie le dio un toque especial a la reunión, y la pasamos estupéndamente bien. !Gracias por la visita, amigos!


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Sunday, February 07, 2010

Linden Lane Magazine, hoy en El Nuevo Herald

Belkis Cuza Malé

Hoy en El Nuevo Herald, un artículo (primero de una serie)de Olga Connor sobre Linden Lane Magazine.
Pero debo aclarar que LLM no se publicó por primera vez en Madrid, sino en la casa de 76 1/2 Linden Lane, en Princeton, NJ., en marzo de 1982. Y tampoco es cierto que Linda Montaner estuviese a cargo del correo. En 1984, mientras estábamos residiendo temporalmente en Madrid, se publicó un número de LLM, y Linda tuvo la amabilidad de traer en uno de sus viajes un grupo de ejemplares destinados a los suscriptores de Estados Unidos, que luego pondría en correo.

Belkis (a principio de 1982), en la cocina de 76 1/2 Linden Lane, donde nacería LLM en marzo de ese año.
http://www.elnuevoherald.com/galeria/artes/story/646671.html
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