¨Flor de la Noche¨, Belkis Cuza Malé (March 23, 2008)
Thursday, March 27, 2008
Friday, March 21, 2008

Heberto Padilla, Belkis y Sammy Bayer en el apartamento de la Avenida 31 A de Miramar. La Habana, 1972
Las primaveras negras de Fidel Castro
El talón de Aquiles de Fidel Castro han sido siempre la cultura, los intelectuales. Como en la fábula de Esopo sobre la lengua, resultaron para él lo mejor y lo peor. Porque la cultura y los intelectuales le dieron a la revolución de Fidel Castro un perfil internacional, una resonancia, para bien y para mal. Sin caer en cuenta, creó una revolución apoyada en los intelectuales, en el auge de la cultura. Sin ellos, la revolución cubana hubiera pérdido esa ¨magia¨que le imprimían. Cuando Castro se dio cuenta de la trampa en que había caido, era demasiado tarde. Quiso poner límites con la fracesita ¨Dentro de la revolución todo, fuera de la revolución nada¨, pero pronto le salieron los respondones y como Seúz, la Revolución comenzó a devorar a sus propios hijos.
Hombre de gran memoria para lo que le conviene, malévolo, Castro escogió la primavera para destruir a sus opositores del campo intelectual, a los que se le enfrentan con ideas. El 20 de marzo de 1971, Heberto Padilla y yo fuimos detenidos por la Seguridad del Estado, llevados a Villamarista, y clausurado nuestro apartamento del Vedado con aquel aterrador sello que decía textualmente: ¨Los habitantes de esta morada han sido puestos a disposición del Tribunal Superior Revolucionario Número 1 de La Cabaña¨. Sí, el tribunal que fusilaba a diestra y siniestra, y precisamente ubicado en La Cabaña, hoy sitio escogido por Castro para celebrar sus ferias del libro. !Qué paradoja!
Hace cinco años, Castro volvió a dar un zarpazo al comienzo de la primavera. Detuvo a 75 opositores, entre periodistas, escritores y pacíficos disidentes políticos Al poeta Raúl Rivero, por ejemplo, hombre de nuestra generación, lo mandó a detener precisamente ese 20 de marzo. Todavía están encarceladas la mayoría de las víctimas de entonces, algunos en grave estado de salud. Pero de nuevo, le ha salido el tiro por la culata al tirano. Hoy todo el mundo habla de ¨la primavera negra¨ y, por supuesto, de las Damas de Blanco.
Les incluyo un capítulo de mi libro en preparación La buena memoria Y una foto de la época. Bueno, de 1972, junto a nuestro querido amigo Sammy Bayer, un personaje también del que hablo en mi libro.
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¨Pájaro callejero no come caramelo¨, Belkis Cuza Malé. Tempera. Elizabeth, NJ, 1979.
Un cuarto de tortura con alfombra roja
Belkis Cuza Malé
No sé el tiempo que pasé sollozando, ahogada en lágrimas, tratando de controlar a la vez mi pánico y mi vergüenza. Concentrarme en los ruidos que me llegaban del exterior era un modo de forzar que el aire entrase a mis pulmones. Haciendo un enorme esfuerzo lograba poner también atención a esos ruidos. Porque a pesar de mi espanto, el mundo seguía existiendo allá afuera, y yo trataba de escudriñar --a través de paredes infinitas-- lo que de golpe y porrazo ya parecía perdido para siempre.
¿Qué estaría sucediendo allí afuera? ¿De quiénes eran esas voces? ¿Qué hora era? ¿Dónde estaba Heberto? ¿Estaría pasando por lo mismo que yo? ¿Quiénes jugaban ese partido cuyos ecos yo creía entrever o eran pura imaginación esas voces rotas? ¿Sospecharía alguien, ese señor que ahora de seguro cruzaba al otro lado la calle, lejos, que detrás de esos muros estaba encerrada una mujer, cuya peor tortura eran precisamente aquellas paredes? Una mujer inocente. ¿Pero inocente de qué? Sólo pueden proclamarse inocentes los acusados de cometer algún delito. ¿Y cuál era el mío? Ni siquiera sabía exactamente por qué estaba allí, y en mi lista personal de lo que yo consideraba un delito no existía nada de lo que pudiera inculpársenos ni a Heberto ni a mí. Pero había oído yo tantas veces aquella extraña frase --"la Revolución es fuente de derecho"--, que comencé a dudar de mi inocencia, porque para el poder revolucionario toda insubordinación puede conducir al cadalso.
Entonces no conocía, por supuesto, los comentarios de Fidel Castro a la hora de también mandarme a detener n junto a Heberto. Yo era una mujer ambiciosa, decía, que le daba cuerdas a Heberto, que lo animaba en su antagonismo a la revolución. Luego supe que eso mismo le repitió a Heberto el teniente Pedro Alvarez Lugo, nuestro interrogador en Villamarista.
Temblando, descubrí en la pared un cascarón de metal que en otro tiempo albergó un aire acondicionado, y que ahora sólo servía para cubrir el hueco de la pared de aquella desolada habitación --¿cámara de tortura o qué? --, fría como una nevera, con un escritorio sin silla por único mueble y una gruesa alfombra roja cubriendo el suelo, de pared a pared. En medio de mi terror, me llamó la atención aquella alfombra roja, tan inusita, en lugar de mosaicos.
Por las rendijas del espacio que ocupó el aire acondicionado --tapiado ahora con tablas--, los ruidos exteriores subían y bajaban de tono, como voces fantasmales. La atmósfera se enrarecía con cada minuto que pasaba. Traté sin conseguirlo de mirar al exterior. Y como alguna luz entraba por esa rendija que yo no atinaba a encontrar, pero que tamizaba la habitación, en mi desconsuelo llegué a sentirme la convalesciente de un delirio febril.
De ultratumba parecían llegar aquellas voces, que yo no sabía si las inventaba, o si realmente existían en un lugar tan siniestro como aquél, y que acentuaban mi terror a las cuatro paredes. Y con el terror crecía en mí una idea, un deseo: morir allí, en ese momento, y hacerlos sentir culpables. Mi inocencia era total. Mi muerte no les iba a dar ni frío ni calor.
Siempre me había autocatalogado de cobarde, pues estaba llena de espantos. En primer lugar hacia la muerte. En segundo, hacia la vida. En tercero, pero de seguro compartiendo también el primer lugar, el terror a las enfermedades, a los espacios cerrados, a los elevadores, al mar, a los ritos funerarios, a las alturas, a volar, a las serpientes... Y de pronto me vi arrancando un pedazo de metal oxidado de aquel cáscaron de la pared y me corté las venas, y me inundé de sangre y empecé a empapar la alfombra de aquel cuarto de tortura.
Cuando llegó el médico con otros secuaces, lo primero que hizo fue ir y sentarse en la punta del escritorio y mirarme con desprecio desde su altura. Un siquiatra de la Seguridad, como él mismo se presentó; un tipo horrendo, gordo y con cara de perro buldog resguardada por grandes espejuelos con aros de metal y cristales calobares, y un enorme y ostentoso reloj de pulsura.
Todo su corpachón gritó a los otros:
--Está histérica.
Y se fue como vino, con su séquito de amanuences en uniformes militares como él, sin hacer caso a mis súplicas, sin permitirse la bondad de escuchar a una claustrofóbica que sólo pedía un poco de aire. Porque yo repetía una y otra vez que no me cerraran la puerta con pestillo, que no pensaba escaparme. Fue inútil.
--Está histérica.
Y sentí cómo se cerraba violentamente la puerta detrás del último de ellos y le ponía llave.
Pero tuve miedo a no morir enseguida, a desangrarme, a agonizar lenta y dolorosamente de tétanos, y no llegué a cortarme las venas. Tirada en el piso, sin dejar de temblar, ahogada en lágrimas, comenzó a brotar de mi pecho una oración. Y oomo lo que más temía era perder el control absoluto, y enloquecer y que me quisieran sedar a la fuerza, traté de dominarme. Al principio creía que sería imposible pues estaba gobernada por el pánico y aquellas paredes me oprimían el pecho, se derrumbaban sobre mí. Encerrada por primera vez entre cuatro paredes, con el cerrojo echado por fuera, era lo último que podía soportar un claustrofóbico. Aire, quería aire. Temblaba de frío pero necesita respirar aire puro, que se abriera la puerta, que un viento terrible arrasara con las paredes. No quería paredes. Lo terrible era cuando me detenía a pensar en lo que estaba sucediendo. Por eso, dominar la ansiedad, que mi respiración se hiciera normal, era todo cuanto deseaba en ese momento.
Me habían quitado las pastillas para los nervios que siempre llevaba conmigo por miedo a que un ataque de pánico me azotara en plena calle. Nunca me había pasado, pero temía perder el control en cualquier momento, y que me gobernasen los pensamientos obsesivos sobre la muerte y las enfermedades, y se desatase dentro de mí ese animal salvaje que dominaba la mente con sus ataques de pánico. Hubiera podido ocurrir en cualquier instante en plena calle. Con los nervios destrozados y acompañada siempre de una angustia muy grande, aún sin parecerlo a simple vista, yo era entonces una enferma que necesitaba con carácter preventivo esas píldoras, mi muletilla, para sentirme "segura" en un medio tan inseguro como el que vivía.
Y de pronto, me habían despojado de mis pastillas. Diazepan y Trifluoperazine, que era lo que siempre llevaba conmigo,como amuletos contra la claustrofobía, contra el horror de mirar la vida desde el ruedo. Si alguna vez me sentía muy nerviosa, tomaba la ridícula dosis de un cuarto de pastilla, no más, porque también entre mis obsesiones estaba la de morir por exceso de medicinas o porque sencillamente tuviese una reacción alérgica, como la fatal que dicen producía aquella pastilla rosada de Marplam, si se tomaba al mismo tiempo que yogurt.
Rezaba apoyándome en la oración para dejar que el poco aire que tomaba fuera llenándome de una energía casi divina. El prana alojándose en mi sangre y en mis huesos. Lo hacía como el que repite un mantra, sin pensar en las palabras, sólo en el sonido que producen. Una oración repetida mil veces, alejando los malos pensamientos, la ansiedad , la desesperación, el miedo. Bloqueando la realidad.
Y entonces, del modo más inesperado, descubrí que aquellas cuatro paredes se ensanchaban, iban creciendo y creciendo, como si fueran elásticas. Y aún teniendo el mismo tamaño eran sin embargo de otra dimensión, una dimensión física, cuántica.
Comencé a imaginar que el mundo fuera de mí no existía, que mi soledad era mía, que no tenía nada que temer porque el mundo era del tamano de la horrible habitación , y yo, un ser libre, libre dentro de aquel espacio infinito que me pertenecía por completo.
Y entonces inicié la operación a la inversa: comencé a achicar el mundo, a acortarlo, y fue haciéndose cada más pequeño, mínimo, hasta que sólo tuvo el tamaño del espacio que ocupaba mi cuerpo. Enseguida me sentí relajada y segura, dueña de mí. Había vencido la claustrofobia. Habitaba yo a la sombra del Altísimo, como dice el Salmista.
Volvió a abrise la puerta para dar paso ahora al mismo oficial que estaba de guardia en la carpeta cuando me trajeron a la Seguridad. Traía en la mano una pastilla casi del tamaño de una hostia. Quería que me la tragase como fuera. Me negué, y le exigí que me devolviera las mías, las que habían confiscado junto con mi cartera. Se negó, y con voz descompuesta gritó aquel "Peor para ti".
Pero ya yo no necesitaba pastillas. Así que no me importó cuando, viendo mi resistencia, se marchó cerrando con violencia la puerta. Esta vez no sentí miedo cuando corrió el pestillo.
No había transcurrido mucho tiempo, quizás unos quince minutos, cuando volvió a oirse que descorrían el cerrojo, y por la puerta entreabierta asomó la cabeza gris un oficial viejo, quien en tono estricto pero amable me preguntó si tenía frío. De sobra sabía él que aquel cuarto de tortura, con alfombra roja, seguro que para disimular la sangre de sus victimas, estaba helado.
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Saturday, March 15, 2008

Anoche fueron presentados en París los libros Después de Giselle, de Isis Wirth, y mi libro La otra mejilla. Aquí les pongo el video que hizo para Telebemba, Ricardo Vega.
Gracias a la incansable y querida amiga Zoé Valdés, por haber publicado mi libro en sus hermosas ediciones Lunáticas ZV.
Visiten el blog de Zoé para más detalles y porque siempre, a diario, trae algo nuevo y maravilloso que leer.
www.zoevaldes.skyrock.com
Online Videos by Veoh.com
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Wednesday, March 12, 2008

La revista digital La Peregrina Magazine, que dirige Karin Aldrey, tiene un nuevo número circulando y además me hace un homenaje que mucho me honra porque viene de esta amiga y gran pintora y diseñadora. Y muy en especial, le agradezco de corazón a mis queridos amigos Maya Islas, Rene Abella, David Lago, Tania Diaz Castro, Raúl Rivero, Feliz José Hernández y la propia Karin, los poemas y artículos que me dedican. Muy emocionante saber que tenemos seres buenos alrededor que nos quieren y que aprecian nuestra obra. Además todo el número está precioso, digno de verse y leerse. No se lo pierdan. Es un esfuerzo colosal de esa gran artista que es Karin Aldrey.
Entren a La Peregrina aqui
www.LaPeregrinaMagazine.com
y aquí directamente al homenaje y dosier:
http://laperegrinamagazine.com/Belkis_Cuza_Male_Homenaje_Mujer.html
Saturday, February 23, 2008
Monday, February 18, 2008
Tuesday, January 22, 2008

La otra mejilla, mi nuevo libro de poemas, publicado por Ediciones ZV Lunáticas.
Dice Zoé Valdés en su blog:
http://zoevaldes.skyrock.com/1.html
Raúl Rivero en El Mundo, España, sobre La otra Mejilla de Belkis Cuza Malé.
Raúl Rivero escribe esta bella crónica en El Mundo, España, y dedica una parte al poemario La Otra Mejilla de Belkis Cuza Malé (Ediciones ZV Lunáticas, diciembre 2007). El libro se puede adquirir enviando un pedido a lunaticas@wanadoo.fr. El precio es de 16 euros. La portada e ilustraciones interiores ha sido pintadas y dibujadas por Belkis Cuza Malé.
CULTURA
La calumnia no perdona
En la portada del libro hay una flor acorazada, azul añil y dispareja. Se quiere salir de un búcaro que parece una jota grávida. La pintó Belkis Cuza Malé (Santiago de Cuba, 1942) y le ha pedido a la colección Lunáticas ZV que la ponga a la entrada de los poemas que reúne ahora bajo el título de La otra mejilla.
La edición es una joya y los poemas son buenos y están heridos. Es la poesía fuerte y cuidada que viene desde los primeros libros de la escritora. Los versos comunicativos y hondos de Tiempos de sol, Cartas a Ana Frank y Juego de damas, pero que en esta colección de 76 páginas a mí se me aparecen a veces desconsolados, presos en unos espejos que alguien ha roto.
La otra mejilla está ahí, descubierta, indefensa, dispuesta para el azote inminente de la mano visible y conocida del verdugo. Y está también el dolor del primer golpe, que se puede ver o presentir en el recorrido por los poemas.
Creo que es un libro importante en el desarrollo de la obra de Belkis Cuza Malé. Lo es porque se trata de un inventario de los años vividos, un recuento en el que pueden verse todavía algunas interrogantes, etapas y sucesos de los que casi no se sabe nada. Hay, además, un banderín con demasiadas franjas oscuras y una buena porción de flechas rotas.
Es un conjunto de crónicas hechas con la caja de herramientas de la poesía. Cuando se hace ese ejercicio, los episodios y sus piezas cortantes se sumergen y desaparecen. Lo que queda tendido en las líneas de versos son los sentimientos.
Grace Piney Roche, en su nota de presentación, lo dice de otra manera después de haber tratado de hallar alegría a toda costa en el cuaderno: «La poetisa saca a pasear a la melancolía, como a la angustia y a la nostalgia, con sus respectivas cargas de ambigüedad y también de desasosiego».
La escritora, que salió de su país en 1979, dirige la revista Linden Line Magazine y La Casa Azul, un centro cultural y galería de arte en Forth Worth, Texas, que es el lugar donde reside, pinta, escribe y trabaja como consejera espiritual.
Ella fue arrestada y sometida a interrogatorios por la policía política en 1971, acusada de incitar a su esposo a realizar actividades contrarrevolucionarias. En ese momento estaba casada con el poeta Heberto Padilla, protagonista de la primera gran ruptura de los intelectuales con el régimen a raíz de la publicación de su libro Fuera del Juego. Padilla murió en Alabama, Estados Unidos, en el otoño de 2000.
Después de estas dos notas de muertes y tristezas hay que terminar con estos versos del cuaderno de Belkis: «Los espejos, ¿quién rompió los espejos?/ ¿quién hizo trizas la noche y arrastró/ la memoria como un disco de fonógrafo/ y se cosió un uniforme/ y al cinto una pistola?».
# Posted on Saturday, 19 January 2008 at 12:57 Edited on Saturday, 19 January 2008 at 13:54
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Nota: La otra mejilla puede ser adquirida enviando money order internacional en dólares USA, por la cantidad de $16 a nombre de Lunaticas Prod. Para informes, escribir a lunaticas@wanadoo.fr
Saturday, December 22, 2007
Nuevo número de Linden Lane Magazine,en homenaje a
Eduardo Michaelsen
Ilustran también el número el pintor y escultor Felipe Jiménez y el fotógrafo Pedro Portal.
Y la colaboración de destacados escritores cubanos.
http://www.lacasaazul.org/Linden_Lane_VOLXXVI_2007.html
Monday, September 24, 2007
La Guardia, New York, marzo 17 de 1980: Ernesto Padilla, Belkis y Heberto, en la conferencia de prensa dada por el Senador Edward Kennedy a la llegada del poeta de Fuera del juego a Estados Unidos.Heberto Padilla, el I Ching y el 2000
Well, Mr Padilla went on to explain that freedom is invisible. It is the absence of the government censor, the absent of the secret police, the absent of an agent of repression." **
Hoy se cumplen siete años de la muerte de Heberto Padilla. El 24 de Septiembre de 2000, día de la Vírgen de las Mercedes --¡qué coincidencia!--, se iría para siempre. Estaba solo en Alabama, enfermo e intentando inutilmente tomar control de su vida. Me había prometido que sólo enseñaría hasta diciembre en Auburn University. Quería descansar y emprender otra vida aquí en Texas. No pudo ser: lo dijo la lectura del I Ching que nos hizo nuestro amigo Alberto Mora, y también aquel manual de numerología que ya entonces señala el 2000 como año crítico, decisivo, en su vida. Y no, no debe ser una coincidencia la fecha escogida por Dios para que se abrieran las puertas de esa prisión que de algún modo también es nuestro cuerpo físico.
REAGAN ON CUBAN. SELECTED STATEMENTS BY THE PRESIDENT. THE CUBAN AMERICAN NATIONAL FOUNDATION, 1984.
Saturday, September 22, 2007

Estoy hablando de esa excelente periodista y poeta llamada Tania Díaz Castro --nacida en 1939 en Camajuaní, en la antigua provincia cubana de Las Villas--, de quien el destino (o el karma) nos hizo amigas. ¿Que cuándo la conocí? ¿Cómo recordarlo, si parecería que nos hemos visto toda una vida?
De su labor como periodista conservo la imagen de la época en que trabajaba en la revista Bohemia, en los años sesenta y pico y setenta, hasta que se fue de allí o la echaron. También de su vida de poeta tengo innumerables recuerdos, cuando solía reunirnos en algunos de esos apartamentos en los que vivió en La Habana, y donde disfrutábamos del esplendor de ''los manjares'' que entonces eran imposibles de soñar, si no hubiera sido por el amigo Kano, el japonés amable y generoso que traía junto con los víveres la amistad. Era la época en que Tania había sufrido una agradable metamorfosis: su espíritu se trasformó como por obra y magia de la cultura japonesa. Había regresado de un rápido viaje al Japón, a donde fue a residir con aquel otro japonés, a quien apenas recuerdo y con el que estuvo casada un año.
Fue una época maravillosa para ella, en la que Tania se despojó de lo superfluo, y dejó su apartamento en el hueso: puros libros y algunos cuadros y mucho ambiente japonés por todos los rincones, lo que equivale a decir, blancura, simplicidad y extrema limpieza y nada de abigarramiento. La sencillez del alma. A esa pureza se afilió Tania entonces, y leyó toda la literatura japonesa que pudo y nos hizo también leerla a nosotros, sus amigos, pues su entusiasmo desbordaba las tardes de tertulia habanera en su apartamento. Esa influencia japonesa dejó una impronta eterna en su poesía.
Atrás quedaban la Tania que aullaba como loba herida en ese ya clásico libro que es Todos me van a tener que oír, y que Linden Lane Press publicó en 1989 --en edición que reproducía la original habanera de 1970, ahora con traducción al inglés de los poetas Carolina Hospital y Pablo Medina--, a raíz de los sucesos que la llevaron a la cárcel en Cuba entre 1988-89, acusada de ''insultar y desobedecer a las autoridades'', aunque en realidad se le condenó por su activismo en pro de los derechos humanos.
Tras salir de la cárcel, Tania funda, junto a Ricardo Bofill, el Partido de los Derechos Humanos, y en marzo de 1990 es arrestada y acusada de nuevo, junto con otros miembros del partido, de ''rebelión''. En julio de ese mismo año, y tras presiones de la Seguridad del Estado, es obligada a declarar en la televisión en contra de ella misma y de otros. Por supuesto, ya hemos vivido demasiado el totalitarismo marxista y sus prácticas de procesos judiciales idénticos, como los terribles ''procesos de Moscú'', para que alguien pudiera dudar de que aquellas farsas eran calcos monstruosos.
Mientras giran las hojas del arce, publicado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en 1998, es sin duda un libro único en la literatura cubana, pues desde las ''japonerías'' de Julián del Casal, ningún escritor cubano se había asomado a la cultura nipona. Este es también un libro de ruptura en la obra de Tania, al abordar una poesía realmente tocada por la sencillez y el susurro de lo japonés, y que nos sumerge de principio a fin en el paisaje humano de su experiencia en ese país.
Al final de los 34 poemas del libro uno desearía no regresar de este viaje sentimental que compartimos con la autora mientras disfrutamos de su lectura.
Han pasado los años, y Tania sigue allá, esperando, me dice. Está sola en La Habana, sus hijos todos se han marchado. Sigue rodeada de sus queridos perritos, de sus cosas, de sus recuerdos. Ha permutado de vivienda sabrá Dios cuántas veces, y hasta ha tenido el privilegio espiritual de habitar por un tiempo el caserón de Mercita Borrero y el pintor Loy, allá en la calle de San Francisco. Sigue haciendo gran periodismo independiente para la agencia Cubanet de Miami, y no me canso de admirarla. Alamar, donde ahora reside, no es su paisaje natural. Yo la ubico en plena Habana, agitada, valiente, lenguaraz, poniendo los puntos sobre las íes, tirando a la basura las experiencias amargas de la vida.
Imposible no llorar con algunos de sus poemas. O debe ser porque he compartido con ella esas mismas experiencias, familias, amigos, seres inolvidables como Mercita Borrero y la memoria de Juana, poeta y pintora del alma, que también propició nuestra amistad.
Años en los que Tania Díaz Castro era la poeta que lo arriesgaba todo por amor, en los que quemaba pronto las etapas y abría una nueva página de su destino personal. Años en los que La Habana iba desapareciendo lentamente y ella iba reconstruyéndola con su sagaz y valiente prosa periodística. Años en que no ha dejado de amar y de escribir, y de soñar con el renacer de la isla.
¡Qué extraño que las editoriales españolas no publiquen la obra de esta excelente poeta, ahora que están de moda los escritores que viven en la isla! Allí está ella, en medio del oleaje sin fin de esta isla que parecería devorar los sueños de sus habitantes. Pero no el de Tania Díaz Castro.•
Monday, July 30, 2007
"Flor del alma", Belkis Cuza Male

Soria de Cuba (ay, olvide su nombre, o sera "sorry de Cuba"?. Hagan click en www.lacasaazulcubana.blogspot.com
Sunday, July 15, 2007

Leopoldo Avila en Miami
Belkis Cuza Malé
De izquierda a derecha: Luis Rogelio Nogueras, Jose Lezama Lima y Heberto Padilla, en un cafe al aire libre en El Prado. La Habana, 1966. Foto Chinolope.
Para los que no lo recuerden, Leopoldo Avila es el seudónimo tras el cual se escondía un personaje siniestro que a principios de los años setenta escribió en la revista Verde Olivo, órgano oficial de las Fuerzas Armadas de Cuba, los artículos más miserables que se recuerden contra los intelectuales. Un día en la Biblioteca Nacional, el historiador santiaguero Jorge Ibarra prometió decirme quién era en realidad Leopoldo Avila. Nunca lo hizo, y era explicable dado sus vínculos con el ejército.
El lenguaje canallezco de Leopoldo Avila es recordado hoy dìa, incluso entre los escritores castristas, como un ejemplo de lo que no puede repetirse. Este personajillo siniestro que algunos creen era el propio Luis Pavón, presidiendo entonces el Consejo Nacional de Cultura; otros, el profesor y ensayista José Antonio Portuondo, y otros, el propio Lisandro Otero, periodista y novelista --que gustaba contar la anécdota del trompón que le propinó Ernest Hemingway en el Floridita habanero, allá por los finales de los cincuenta--, sigue siendo un misterio, aunque ha pasado ya a la historia de la infamia.
Pero de ese Leopoldo Avila no quiero hablar, sino de éste que nos ocupa hoy, que parece haber aterrizado en Miami. El exilio ha sido desde sus comienzos una estructura endeble, como un edificio compuesto de muchas capas --que van desde lo social a lo idelógico. Un exilio que ha ido acogiendo a todos por igual, que ha visto traiciones de ambas partes, entre los que llegaron primero y los que van llegando con las nuevas oleadas. Un cambia casacas constante, que ha atravesado severas crisis y que en muchas ocasiones ha costado más que mutuos insultos. Quiero referirme a esos "sesudos" cachorros del castrismo llegados al exilio en la última década. Y no importa si son "jovenes", pero odian también al tirano. La mayoría posee un amplio curriculum, han estudiado en las universidades, han viajado al extranjero, han hecho casi lo que les ha dado la gana en la Cuba post muro de Berlin. Casi todos son ensayistas y algunos incursionan en la prosa y hasta en la poesía. Muchos son políglotas, han estudiado en los antiguos países socialistas y e incluso los hay hijos de altos jerarcas del régimen o que estuvieron ligados a la nomenclatura. El sueño ya no es mantenerse en el "exilio de terciopelo" --alejados del mundanal ruido de Hialeah--, sino precisamente ser rompe olas, quinta columnistas dentro del esquema del exilio intelectual. Llegar e imponer virtudes y defectos de una generación crecida al amparo del Ministerio de Cultura de Abel Prieto. Creerse que se las saben todas, como se dice en la Isla. Estar más allá del bien y el mal, dinamitar todo lo que huela a república, y a escritor exiliado, escribir contra ellos, pero nunca contra los escritores oficiales de la isla. Estos personajillos se dedican a interpretar a Cuba como si se tratase de desmontar una obra literaria, y para esto, hacen acopio de un lenguage enrevesado, de críticos ganados por cierta sofisticación europea; todos escribiendo con la misma verborrea de los burócratas del pensamiento marxista pasado por no se sabe cuantas capillitas de desafectos. No hay quien los descifre. La escritura de ellos es lenguaje de entendidos, es decir, se leen los unos a los otros, publican sus libros (que sólo ellos leen entre sí), y suelen agruparse en sus madrigueras del internet. Eso sí, como decía aquel caricaturista cubano en los pasillos de la Unión de Escritores de Cuba, allá por los setenta: "siempre con el poder, pero haciendo bajezas".
Un tal Pablo de Cuba Soria, con rimbombante nombre, que lo marca ya con mediocre oportunismo, acaba de escribir en El Nuevo Herald (sección Arte y literaratura, julio 8) un artículo contra Heberto Padilla, como poeta y como ser humano. Este Leopoldo Avila, recien llegado al exilio en 2004, es sin duda un claro exponente de todo lo que acabo de decir. Hay que tener la cara de piedra y el corazón lleno de lodo para escribir como lo hace este personaje sin autoridad literaria, un crítico de caricatura, ensayando no sus "quince minutos" de fama, como dice cuando se refiere a Heberto, sino su medio segundo de estupidez. Olvidar el papel protagónico de Heberto en un momento en que todos los intelectuales inclinaban sus cabezas y aplaudían al déspota es sin duda el sueno dorado de la Seguridad del Estado castrista. Olvidar que fue él y no otro, quien le puso el cascabel al gato, parece encomienda de alguien más. Pero hay que reirse si a esto añadimos el atrevimiento de este "enayista" al escribir un "sesudo" artículo diciendo que Heberto Padilla es un poeta menor.
Precisamente es Heberto Padilla quien, con su extraordinario decir, irrumpe con una poesía nueva, fresca, única, capaz de hacer del lenguaje sucio y gastado de la retórica revolucionaria, un verso no esperado en la lengua castellana, tan dada a ratos a los excesos.
Ese artículo del señor Cuba de Soria --sin ton ni son-- sólo puede servir a los intereses de un anti exilio, de una revolución que boquea al igual que su comandante. "¿Contra quién va dirigido ese insulto?", diré parafraseando al propio Heberto, con su típica ironía. Habría que preguntarse si este Leopoldo Avila de pacotilla tiene maestros y seguidores en el exilio. Y también si tiene madre.
BelkisBellAol.com
Sunday, May 13, 2007

Monday, May 07, 2007
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Mi vida como consejera espiritual
Belkis Cuza Malé
Anoche leí una de las dos "obritas" teatrales de Cho Seung-Hui, el estudiante del Instituto Virginia Tech que cometió él solo la peor masacre de todos los tiempos en un recinto estudiantil y quizás en la historia de este país. A través de la lectura de esas diez páginas, el asesino en serie nos ofrece su campo visual y va creando un paisaje de violencia inusitada, sobre el que caen como telón de fondo las energías infernales de su alma. ¿Nació este joven perturbado por sus genes, lo transformó la vida familiar, el ambiente que lo rodeaba, o venía su alma de un largo peregrinaje en las tinieblas? Ese, mis queridos lectores, es análisis que da razón de ser a una pràctica profesional que ejerzo desde hace años, la de consejera espiritual, además de la de escritora y artista. Si usted puede explicarme cómo funciona un teléfono, cómo aparece la imagen en la televisión, cómo oimos la voz en la radio, o son posibles los satélites, la computadora,los radares, o el milagro de captar una imagen en una fotografía, o grabar la voz de alguien, entonces quizás usted tenga una respuesta para definir eso que todavía algunos menosprecian y juzgan mal: la labor en el campo espiritual, el poder de la fe, de la oración, del pensamiento, de la palabra, de los sueños, de la visualización. Todos, ciencia del alma y de algo tan "mágico" como la física cuántica.
Hace unos meses, escribì un artículo sobre "The Secret", el documental que resume lo que Dios nos ha ofrecido desde que creó el universo: el poder que yace en nosotros mismos, Ahora ese "secreto" parece haber alcanzado dimensiones de best seller y despertado la mente dormida de muchos. Cada uno de los que participan en el documental gozan de merecida reputación como consejeros o maestros en los diversos campos de lo espiritual. Gracias a ellos, que han servido para taparle la boca a unos cuantos, cada día se hace más clara la necesidad de buscar ayuda en campos que hasta ahora se mantenían confinados a la vulgar definición de superchería. Jesucristo, el hijo de Dios, es sin duda el más extraordinario maestro de la ciencia del alma, como yo le llamo a los caminos espirituales. Nadie puede dudar de esto si lee con atención los Evangelios. Si nuestra fe es igual a un grano de mostaza, dice, podemos mover montañas. Y sí, esto es lo que explica la física cuántica, y los estudios de la energía. Somos energía y vivimos dentro de una energia divina que es susceptible de ser transformada si somos capaces de aquietar nuestra mente y visualizar, creando esta realidad que vemos como nuestro entorno. Hasta los dientes pueden crecer, se afirma, con la fe y la visualización. Dios hizo al universo con su palabra y esa palabra que hizo la luz y las tinieblas es también el arma "mágica" de que todos disponemos. Dios está en nosotros, fuimos creados a su imagen y semejanza, somos parte de la energía que nos engendró. El cielo y la tierra, y el paisaje, están dentro de nosotros. Morimos en la cruz con Jesús, y resucitamos con EL. He ahí la gran verdad, el gran milagro. Esto no es una cosa del pasado, sino de todos los días. A través de las llagas de Cristo hemos sido sanados. He aquí la física cuántica en su más hermosa definición.
Un día, con apenas nueve años, mi madre visitó a una espiritista en Guantànamo. Aunque no era ella dada a estas cosas, recuerdo que la acompañé a la consulta de aquella señora de aspecto nada extraordinario --una mulata clara de unos cuarenta años--, quien fijando la vista en mí, le dijo a mi madre: "Esta niña tiene gran mediounidad, pero además le recomiendo que le dé semillas de calabaza para curarle los parásitos". Si, ésa fue de seguro mi iniciación en lo que luego se convertiría en hacer importante de mi vida. Fíjense que aquella "espiritista" le habló a mi madre también de los parásitos que veía en mí, recomendándole acertadamente las semillas de calabaza. De seguro esta señora no habìa estudiado mucho, pero su conocimiento le llegaba a través de la lectura espiritual de mi campo energético. Ella sabía, con sólo mirarme, qué estaba pasando en mi cuerpo y en mi alma. Aquí en Fort Worth, Texas, donde resido, mis clientes llaman o tocan a mi puerta cuando me necesitan, o como diríamos en Cuba, "cuando les aprieta el zapato". Muchos se han convertido en mis amigos, otros viajan desde lejanas ciudades, como Michigan, o Houston, o hasta de México, para "consultarme". Sí, la mayoría no viene para conocer su "futuro", porque éste no existe más que en el presente, como les explico, sino para buscar orientación espiritual, para encontrar a Dios en medio de sus vidas llenas de problemas, para recibir una "limpia" espiritual, o aliviar sus nervios a travès del hipnotismo o la descarga de energías sobre ellos. Hace mucho también que consulto por teléfono, e incluso a través de la computadora, y realizo trabajos de hipnosis sin necesidad de que vengan a mi consulta. ¿Es esto posible? Absolutamente. Y de igual modo lo son las curaciones producto de la fuerza de la fe que se asienta en Cristo.
Escribo este artículo para reivindicar una profesión que sin duda merece ser evaluada con respeto. En una sociedad donde ya ni doctores ni sacerdotes visitan a sus enfermos, una consultante espiritual como yo recibe llamadas desesperadas a cualquiera hora del día y la madrugada, y se acerca a los lechos de los moribundos para orar por ellos.
¿Me necesita usted, querido lector?
BelkisBelll@Aol.com
Tuesday, March 20, 2007
Fuera del juego (Respuesta a "Encuentro")
Belkis Cuza Malé
En la foto: Ernesto Padilla, Belkis, Heberto y Giselle Padilla, NY, 1980
La nota aclaratoria de Encuentro en la Red sobre por qué no publicaron mi artículo "Guayabitos en la azotea", evidencia a simple vista que se esta obviando la verdadera respuesta. En mi posterior artículo "¿Censura en Encuentro?" yo expreso muy claramente lo que no tiene otra interpretación: Encuentro no es precisamente un "encuentro de las dos orillas". La cultura del exilio es un plato de segunda mesa en ambas vertientes de Encuentro. La promocion a los actos culturales del gobierno cubano, a sus instituciones y sitios de internet es óbvia.
Los escritores y artistas promovidos por Encuentro son lo que son, no los marginados por la cultura oficialista, ni a los que se les escluye de la UNEAC o La Casa de las Americas. Los homenajes van y vienen como si se trataran de grandes escritores fallecidos, cuando en realidad en su gran mayoría son figurones turbios que viven publicando, paseando y comiendo mientras el pueblo de Cuba sufre hambre y represión.
Dos Premios Casa de las Americas y todos esos viajes, y la existencia misma de esa "azotea" es de por sí una imputacion. No soy yo la que acusa, son los propios hechos. Allí en Cuba todos los escritores oficiales colaboran con la Seguridad del Estado. Y punto.
Es óbvio que la línea editorial de ambas Encuentro no deja margen mas que a la imaginación. Y es una pena, porque la cultura y los escritores y artistas cubanos en su gran mayoría hemos sufrido y padecido el peso de la bota castrista sobre nosotros por casi cincuenta años. Al cabo del tiempo, lo que se premia y homenajea y se promueve es la doble moral, el tira y encoge de los que allá viven amparados bajo el paraguas de Abel Prieto y sus comisarios. Y, créanme, la tiranía paga bien: con viajes, libros publicados, premios, y privilegios. Eso tambien tiene un precio. No importa, muchos están dispuestos a pagarlo. Si hasta tienen a Encuentro para justificarlos y presentarlos como grandes escritores "haciendo patria".
En fin, no sé cómo Encuentro puede acusarme a mí de falta de ética, cuando ellos en el supuesto número homenaje a Heberto Padilla me llaman ladrona y reproducen unas supuestas memorias inéditas (inventadas) de Heberto, memorias que nunca escribió. No ya que no me hayan incluido en dicho "homenaje" (que es de por si una hijeputada), sino todo el odio contra él y contra mí que emana de ese asqueroso número.
No, no van a contestar a mi articulo "¿Censura en Encuentro?" porque no tienen modo de justificar lo que sólo tiene una explicacion: sí, censuran, marginan, soslayan y mienten.
Nota: Hoy 20 de marzo, se cumplen 36 anos de la detencion de Heberto Padilla y yo en La Habana (20 de marzo de 1971), lo que daria comienzo a lo que se conoce como "el caso Padilla". Sean estas lineas de homenaje y desagravio a Heberto. Que en paz descanse, y que su memoria no continue siendo ultrajada.
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Tuesday, March 06, 2007
Sunday, October 01, 2006
Heberto Padilla & Belkis Cuza Male, Elizabeth, NJ, abril 1980
BELKIS CUZA MALE
Escribo este artículo el 24 de septiembre. Llevo semanas pensando en lo que quiero escribir de él, quiero decir, de Heberto Padilla. Un día como hoy, hace seis años, murió de un aparente ataque al corazón (¿o lo mataron?). Estaba solo en su apartamento de Auburn, en Alabama, y hacía poco más de un mes que había venido a visitar a Ernesto, nuestro hijo, y a mí a Fort Worth. Y un día antes de morir, como hacía siempre desde que enseñaba en esa universidad, me llamó para conversar un rato. Recuerdo en especial su buen ánimo de entonces, y lo bien, decía, que se estaba sintiendo. También me aseguró que después de diciembre regresaría a Fort Worth para comprar una casita cerca de la mía y establecerse aquí, como yo le había estado pidiendo desde hacía cinco años cuando decidimos separarnos, después de un matrimonio de casi tres décadas.
No fuimos nunca una pareja al uso. Nos tocaron tiempos difíciles, pero compartimos alegrías y tristezas --y un gran amor: ahí están sus poemas-- con la certidumbre de que nada podía separarnos, ni siquiera los ingentes esfuerzos de la Seguridad cubana, ni sus atroces métodos, como el de aquella siquiatra de esa institución represiva que me conminó, a raíz del ''caso Padilla'', a que abortara, aduciendo que yo no estaba capacitada mentalmente para tener otro hijo. De haber seguido sus malévolas ''orientaciones profesionales'', mi hijo Ernesto no hubiera nacido.
Como les digo, no es fácil ser una pareja de escritores oprimidos por la dictadura comunista, con la policía secreta visitándonos una vez por semana durante años, el teléfono intervenido, y vigilados como delincuentes peligrosos. Y no era fácil lidiar con la depresión y el ostracismo, con la ausencia casi absoluta de amigos, y el dogal al cuello. Pero yo inventé métodos para escapar de aquella fea realidad, y sostenida por la fuerza que encontré en Dios, y la visión de algunos textos de metafísica que me facilitaba el increíble Joseíto, mi maestro espiritual, nuestro exilio interior se convirtió en una experiencia casi renovadora.
Recuerdo que le propuse a Heberto que empezásemos a escribir cada uno una novela (bastaría con dos cuartillas al día) y ejercicios para mantenernos sanos, física y mentalmente. De aquella apuesta a la recuperación emocional, para contrarrestar la resaca incesante del llamado Caso Padilla, nació mi novela Aventuras de Juan y Juana, todavía inédita y que hace dos años rechazó una editorial de Barcelona, deseándome buena suerte.
Nadie que yo sepa ha leído esa novela, salvo el escritor mexicano Carlos Fuentes, quien en 1975 fue jurado de un concurso adonde logré hacer llegar desde Cuba el manuscrito. No me dieron nada, ni una mención, pero luego encontré (¡creo en las coincidencias!) que Terra Nostra, de Fuentes, tenía ideas en los capítulos finales muy parecidas a la mía.
De esa temporada salieron los poemas de Heberto de El hombre junto al mar, luego publicados por Seix Barral. Pero no logré, por supuesto, que hiciera ejercicios ni mucho menos que se interesara por mis lecturas metafísicas. Sin embargo hizo amistad entrañable con Joseíto.
Voy a contarles un secreto (no tan secreto ya). Más que las torturas que sufrió en la Seguridad del Estado, Heberto decidió hacer aquella espantosa autocrítica luego de que nuestro interrogador, el teniente Pedro Alvarez Lugo (más tarde parte del juicio contra el general Ochoa), le hizo oír la grabación del interrogatorio que me hicieron en los cuarteles de la Seguridad. Heberto no sabía que yo también estaba detenida. Luego, ya ambos en liberdad, fui yo la que le rogué a Heberto me dejase a mí también participar en el denigrante mea culpa del 27 de abril en la Union de Escritores. No, él no me acusó a mí de nada.
Por eso, en diciembre de 1978, cuando fui llamada al despacho de Fidel Castro, tras una carta mía acusatoria a la Seguridad del Estado, y me recibió su secretario particular, el doctor Chomy Miyar Barruecos, no podía creer lo que estaba oyendo: ``En primer lugar, el comandante en jefe me ha pedido que le diga que la revolución --y no dejaba de mirarme fijamente-- reconoce que ha cometido un error con ustedes y que está dispuesta a rectificar, y quiere que usted se lo trasmita así a su esposo. Y, en segundo lugar, el comandante en jefe quiere que Padilla sepa que la revolucion está dispuesta a darle todo lo que él pida, todo, óigame bien (y recalcó todo) a cambio de que no abandone el país''.
Nunca he sido valiente, pero no sé de dónde me salieron las palabras para ripostarle: ''Mire --le contesté--, yo no puedo decirle a un hombre que ha sufrido tanto, y que lo único que quiere es irse del país, que acepte esa oferta. Usted tiene que llamarlo y decírselo personalmente''. Tampoco sé cómo salí de la cueva del lobo, pues estaba en el llamado Palacio de la Revolución, en las mismas oficinas de Fidel Castro. No sólo lo había oído retractarse de un gravísimo error, sino sabía ya de primera mano que era capaz de intentar comprar a cualquiera.
Hoy Heberto está muerto, algunos todavía lo siguen considerando un cobarde, pero yo, que lo amé como nadie y compartí su vida (y también su muerte), puedo asegurarles que un día Cuba rescatará su memoria del ultraje y la vergüenza que lo llevaron a una temprana muerte. Su obra es quizás el mayor bofetón que esa revolucion ha recibido jamás de un escritor. Pero es también el hermoso homenaje de un gran poeta a su patria, de un poeta que siempre ha vivido en Cuba.
belkisbell@aol.com
Sunday, June 18, 2006
Belkis Cuza Male
Mi amiga Tania me ha enviado unos poemas de su mas reciente manuscrito y tambien una foto: estamos con ella, Heberto y yo, en el Parque Almendares, cerca de casa. Debe ser "invierno" y alrededor de 1975, pues Ernesto, mi hijo, no parece tener mas de tres anos y lleva sweater.
Junto a Maricarmen y Gretel ( hoy mujeres crecidas, viviendo ambas en el extranjero), esta Tania. Esta es la Tania que yo recuerdo.
Creo descubrir en todos los rostros una cierta placidez, no propia de las angustias sobrellevadas, pero real. Y hasta felicidad, que es mucho decir, en ese Heberto sonriente.
A raiz de la detencion de Tania en Cuba, tras fundar el Partido de los Derechos Humanos, Linden Lane Press publico su libro Todos me van a tener que oir, en una edicion bilingue, con traducciones al ingles de Carolina Hospital y Pablo Medina. En la portada, un dibujo inedito de nuestra querida Juana Borrero.
Desde entonces, la vida de Tania ha dado muchas vueltas y sufrido todo tipo de presiones, pero yo podria decir que no conozco a nadie que tenga tanta energia positiva para reinventarse a si misma como ella. Por eso y por otras muchas cosas la quiero y respeto. Y porque es una gran poeta y escritora.
Decidio quedarse en Cuba y esperar. Ha vivido permutando su vivienda de un sitio a otro, como tratando de asentarse en terreno solido, algo casi imposible de lograr. Pero yo estoy segura de que dificilmente podran acabar con la increible Tania Diaz Castro.
Cierro los ojos y puedo ver su hogar de hoy: limpio, con un orden especial para sus libros y recuerdos queridos. Y gran paz, como si esta entrara con la brisa del mar cercano, alla en Alamar.
Hemos sido (y somos) amigas y vecinas. Compartimos ambas la amistad inmensa de Mercita Borrero, la hermana menor de Juana. Y hemos visto demasiado en esa Habana de los sesenta y setenta, como para decir juntas con Neruda aquello de "confieso que he vivido".
Pronto podran leer sus hermosos poemas, solo igualados por su gran talento como cronista, en esos articulos que envia desde la Isla a Cubanet (www.Cubanet.com).
No se si llorar o reir cuando contemplo ahora desde Texas el paisaje escondido de la fotografia. Ese Parque Almendares repleto de misterios y lontananzas, donde de seguro (lo he olvidado) nos reunimos con Tania, para celebrar algun cumpleanos de sus hijas.
Gracias, amiga querida, por la foto y los poemas. Y tambien por los recuerdos.
Wednesday, March 22, 2006
Belkis Cuza Male en La Casa de las Americas, La Habana, 1968
Foto de Belkis Cuza Male, en la entrega de los premios Casa de las Americas, La Habana, 1968En 1968, mi libro de poemas Juego de damas habia quedado finalista en el Concurso de La Casa de las Americas. Era la tercera vez que participaba y llegaba a finalista. La primera, en 1962, con mi libro Tiempos de sol (entregado a las Ediciones El Puente para su publicacion, aunque las bases del premio comprendian la publicacion del libro por la Casa de las Americas), libro escogido por el poeta haitiano Rene Depestre. Yo no habia cumplido aun los veinte anos, aunque mi libro El viento en la pared veria la luz meses despues, por la editorial de la Universidad de Oriente, donde yo habia estudiado literatura. Sin embargo, la mencion otorgada entonces a mi libro por la Casa de las Americas no significo mucho para mi, ni me abrio puertas, pero me dio un motivo ante mi padre para viajar a La Habana. Tuve, sin embargo, que recavar la ayuda de mi abuelo catalan, que vivia en Guantanamo, pues mi padre no me hubiera permitido viajar sola a La Habana desde Santiago de Cuba.
Recuerdo ese momento de mi vida como algo extrano y profetico: alli conoci a intelectuales de la talla continental de don Ezequiel Martinez Estrada, Rene Depestre, y muchos otros, pero sobre todo, conoci a Heberto Padilla, quien tambien estaba entre los finalistas, con su libro El justo tiempo humano, un libro maravilloso, que debio ser el premio no el de Fayad Jamis, de menor calidad.
La segunda vez que quede finalista, en 1963, fue con Cartas a Ana Frank, publicado tres anos despues por los cuadernos UNEAC, de la Union de escritores y Artistas de cuba, con portada y diseno del poeta y pintor Fayad Jamis.
Pero en 1968, el premio se lo otorgaron a Taberna y otros poemas, de nuestro amigo, el poeta Roque Dalton, asesinado luego por las guerrillas marxistas de El Salvador. Libro que el propio Roque llevo dias antes a nuestro apartamento, para que Heberto lo revisara y ordenara.
Una seleccion de los poemas de Juego de damas aparecio luego en una antologia de las Ediciones Casa bajo el titulo de 8 poetas. Efrain Huerta, poeta mexicano integrante del jurado, y amigo tambien nuestro, al igual que su esposa la poeta Telma Nava, tuvo a su cargo la seleccion y edicion de la antologia. En 1971, sin embargo, a raiz de nuestra detencion, y ya publicado por las ediciones de la Union de Escritores y Artistas de Cuba, el libro fue destruido.
Dias despues de salir de los cuarteles de la Seguridad del Estado y tras la farsa de la autocritica, a la que nos obligo la dictadura de Fidel Castro, Rolando Rodriguez, entonces director del Instituto del Libro, me llamo a su despacho para informarme que mi libro contenia poemas de caracter contrarrevolucionario y que por lo tanto iba a ser destruido. Lo unico que conservo de esa edicion es una pagina del poema "Critica a la razon impura".
Gracias a los auspicios de Carlos Espinosa, el libro fue publicado 31 anos despues por la Editorial Termino de Cincinnati, en la coleccion "Libros de las Cuatro Estaciones", dirigida por el propio Espinosa. En 1987, sin embargo, Pamela Carmell tradujo muchos de los poemas de Juego de damas y los publico, junto con otros mios de El patio de mi casa (titulo provisional que luego se convertiria en La otra mejilla) , bajo el titulo de Woman on the Front Lines.
A los que deseen informacion sobre como adquirir una copia de Juego de damas, en espanol, por favor, enviar un email a BelkisBell@Aol.com.

Has hecho el amor a la manera de Gary Cooper
Has hecho el amor a la manera de Gary Cooper.
No habia tiempo para mas, porque siempre
un hombre espera por ti, te sigue a todas partes,
escucha mis quejidos, se asoma al ojo de la cerradura.
Lo esta mirando todo:
tu, vestido,
yo, desnuda, estirandome como una garza
en la alberca.
Belkis Cuza Male, de su libro de poemas Juego de damas, La Habana, 1967.
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Tuesday, March 21, 2006
Belkis Cuza Male
Hace casi dos meses que no escribo una línea en este diario. No es extraño que me cueste tanto trabajo localizar un punto cualquiera en la memoria, no es extraño cuando se ha vivido en tan poco tiempo un cúmulo de situaciones dolorosas y absurdas.
Si quisiera reconstruir todo lo sucedido en estos últimos días tendría que comenzar la víspera de los acontecimientos, la noche en que Heberto me pidió que lo llamara alrededor de las nueve a la habitación de Saverio Tutino, en el Hotel Riviera, donde se reuniría con Jorge Edwards y Norberto Fuentes, para comprobar si había llegado. No queriendo utilizar nuestro teléfono bajé a la calle y llamé desde uno público. Tarde en la noche, ya Heberto en casa, alguien repitió el juego a la inversa, llamando a nuestra casa para preguntar con voz ingenua si “Luis” estaba ahí. Entonces no me percaté de que trataban de localizar a Heberto.
A la mañana siguiente --sábado 20 de marzo--, me desperté sin sospechar que en breve se iban a desarrolar ante mis ojos los acontecimientos que cambiarían el curso de nuestras vidas. ¡Qué claro lo veo todo ahora! Yo, de un sitio a otro con el manuscrito de la novela de Heberto, temerosa de que al menor descuido lo robaran, con una tensión alimentada por las visitas constantes de ese ser sin escrúpulos que se hacía pasar por amigo, de quien yo sospechaba --y con razón-- que espiaba para la policía; acosados a toda hora por una situación cada más más incierta, que conllevaba un marginamiento absoluto. Hacía rato que no le oía decir a Heberto con la seguridad de antes, que de lo único que podrían acusarlo sería de cometer “un delito de opiniòn”, y hacía dos días que Norberto Fuentes no salía de nuestro apartamento, que charlaba durante horas con Heberto, y yo no podía evitar el recelo que me producía su visita. Lo conocía bien, no era nuestro amigo, y desentonaba en medio de este pequeño mundo casi simétrico que no admite de por sí nuevas “adquisiones”. No, no encajaba aquí, entre los libros y la intimidad del estudio, de eso estoy segura. Su mundo era otro.
Y hacía rato que sentíamos sobre nosotros las miradas sagaces de unos ojos vigilantes, sin rostros. Estábamos siendo observados, cuidadosamente seguidos, y aquella mañana, sin duda, lograron sorprendernos.
Adormilada todavía fui y me asomé a la mirilla, estaban tocando a la puerta. Eran alrededor de las siete. No se veía nada, porque el pasillo está siempre a oscuras y es difícil distinguir un rostro en la penumbra.
Sin saber bien por qué pregunté con miedo, casi aterrorizada, quién era. Del otro lado me constestó la voz impresionante del hombre de los telegramas. Entonces pude verlo por el pequeño agujero de la mirilla: tenía una expresión terrible y un rostro muy negro. Cuando corrí a contárselo a Heberto, me dijo que no le abriera, que tirara el telegrama por debajo de la puerta.
--Lo siento, tiene quer firmar.
Yo sabía que aquel hombre no traía ningún telegrama, yo casi estaba segura de que se trataba de la policía, pero Heberto seguía negándose a que yo abriera la puerta. ¡Qué tumben la puerta!, gritaba, como si con eso pudiéramos evitar algo.
Pero fui y abrí porque tneía miedo de que mi negativa tuviera mayores consecuencias y no quería prolongar mi angustia.
Todo se produjo a un tiempo: el empujón contra la puerta, aquel "¡Seguridad del Estado!" voceado por el gigantesco negro, su carnet de la policía secreta casi incrustados sobre mis ojos, y aquellos doce o trece hombres que se abalanzaron pistola en mano dentro del apartamento.
No fue preciso que reaccionara, porque uno de ellos se ocupó de gritarme que me sentara en una silla próxima. Y al poco rato vi aparecer a Heberto, vestido con aquel pantalón pitusa* que le había regalado Efraín Huerta, de color crema, y la camisa de checa de mangas largas, a cuadros amarillos y azules, seguido de un grupo de policías que aún no habían guardado sus armas, como si se tratase de impedir la fuga de algún peligroso criminal.
Lloraba dominada por los nervios: frente a mí se estaba produciendo una escena extrañìsima, difícil entonces y ahora de ubicar. Las pesadillas se sucedían. Un enano moreno comenzó a tomar fotografías del apartamento, de mí, y de cuanto le llamaba la atención. No se salvó la ilustración de la revista americana donde anunciaban aquel wisky matizado de ideología: "Sólo hay tres países donde no se vende: Viet Nam, Corea del Norte y Cuba", decía el anuncio que yo había enmarcado y puesto en la pared. Yo, que coleccionaba anuncios, iba a ser juzgada ahora por mi ingenuidad. El dolor y el miedo pueden engendrar su propia rabia, porque no sé cómo, saqué valor y le grité al hombre con cara de fotógrafo, que retratase también ese otro cuadro gigantesco donde asomaba mi poema junto a un dibujo casi litúrgico del Ché. Ocupa casi toda la pared principal de esta sala-comedor hasta rozar el techo, y es imposible no verlo. Fue un regalo de Alberto Mora, al finalizar la exposición del Departamento de Cultura de la Universidad. Pero el hombre no se dio por enterado, su misión consistía en que no se le escapase ninguna huella de delito que pudiera servirles para acusarnos de disidencia política. Aquel Ché le debió parecer óbvio, para disimular, así que continuó implacable en su búsquedad.
Sin dejar de llorar, invoqué el nombre de Dios, oré en silencio, tratando de encontrar una respuesta. Repetía una y otra vez el Padre Nuestro y el Ave María. De pronto, el ruido de algo que chisporroteaba en el fuego llamò mi atención. Era una vieja lata de melocotón, ahora vacía, que yo había puesto al fuego con agua, momentos antes de que tocaran a la puerta. Estaba preprando el cafe y me había vuelto a la cama en espera de que hirviera. Consumida el agua, ahora chisporreataba. Finalmente, el policía fue y cerró la llave del gas.
Al mismo tiempo, me invadió una paz enorme, una tranquilidad nunca imaginada, y desde algún sitio de mi universo sentí una voz que me decía: "No te preocupes, nada les pasará. Todo se ha acabado". A pesar de mi estado de "beatitud", traté de ser realista, y quise contradecirme, alejar las falsas esperanzas, porque mi "corazonada" me parecía demasiado ilógica. ¿Qué podíamos esperar; cómo no temer a los años desperdiciados en una cárcel, cómo no sentir miedo ante la pérdida de la libertad? ¿Es que acaso no habían dado ya el primer paso? ¿No se habían llevado a Heberto a los cuarteles de la Seguridad del Estado?
Una voz me hizo volver a la realidad. Los policías que se habían hecho cargo del registro comenzaron su labor implacable de destrucción. Eran brutales. En un segundo crearon un caos absoluto, sobre todo porque el nuestro era un pequeño apartamento. Aquí no había más que libros y algunos cuadros en las paredes: un lugar de trabajo para un par de escritores, eso es todo.
Todavía me acompaña la sensación de náuseas. Pedí que me dejaran ir al baño (a mi propio baño) y tuve que volver tres veces. Yo no soñaba, sabía que aquella voz que quería parecer amable, la del jefe del grupo, un hombre de estatura baja y regordete, me preguntaba ahora dónde habíamos escondido la novela.
--¿Por qué no nos evita la búsqueda y nos dice dónde está?
Entre sollozos, le contesté como pude, tratando de no delatarme con algún movimiento involuntario de mis ojos.
Me dejó por imposible. Lo vi entonces dar media vuelta e internarse en nuestra habitación. Pero enseguida, una voz alarmada, que llegaba desde el cuarto de mi hija, puso a todos sobreaviso: "Miren esto! ¡Aquí está! ¡Aquí está!".
Había aparecido la primera copía de la novela. Con el movimiento de los libros del pequeño estante que hay en la habitación, un cuadro se deslizó de la pared y una de las copias cayó al suelo, dejando al descubierto el escondrijo: la parte posterior del marco formaba una cajuela perfecta para albergar la copia.
Enseguida comenzaron a desmontar todos los otros cuadros que colgaban de las paredes: implacables cuchillas rompían los enmarques, en una búsqueda inútil porque no volvieron a encontrar copía alguna detrás de estos, pero aparecieron en otros sitios, como si de pronto, todas hubieran estado a la vista.
Oí entonces el comentario sarcástico del jefe: "¿Así que no sabía dónde estaba!, eh?".
Tenían ya en su poder las cinco copias que Heberto le había mandado a hacer al mecanògrafo, aquel señor asustadizo del que no he vuelto a tener noticias, que entonces parecia aterrarze más y más en la medida en que avanzaba con su trabajo.
Me abandoné a los malos pensamientos. Se habían llevado a Heberto, habían encontrado las copias del manuscrito de la novela, y era imposible, pensaba, que aquello tuviese un final feliz, o por lo menos entonces me parecía muy lejano. Sumida en estos amargos pensamientos, sin dejar de llorar, comprendí de pronto que mi última esperanza estaba a punto de desvanecerse si no ocurría un milaglro. Uno de los policías, un joven largo y flaco, se acercaba lentamente al cesto de mimbre que había en la sala-comedor, y donde estaban depositados algunos juguetes de mi hija. Iba a comenzar a registrar allí, cuando de súbito el jefe lo interrumpió con voz de mando: "No, déjalo". Y a mí me pareció milagroso.
Su orden evitó a tiempo que se llevaran el original de la novela. Yo misma la había ocultado ingenuamente en ese sitio: se trataba de una copia llena de tachaduras, resguardada entre dos tapas azules de cartón y envuelta en un "nylon". Me he prometido a mí misma que no se lo diré a nadie, que dejaré en manos del destino su salvación.
Entonces apareció el jefe de la "operación" de detención y registro, y comenzó a cerrar las ventanas del apartamento y a decir que tenía que acompañarlos a la Seguridad del Estado para firmar algunos papeles relacionados con la detención de Heberto. Me negué una y otra vez, sabía que áquel no era el procedimiento habitual, estaba segura que pretendían engañarme. Pero de nada me valió negarme. A mi alrededor el desorden era impresionante, había libros tirados por el suelo, cuadros destrozados, así que supe que mi única opción era acompañarlos. En unos minutos el apartamento quedó cerrado y el responsable del grupo dio una orden que yo no logré entender. Fue entonces que le rogué ingenuamente que me permitiera ir a informarle al vecino, que a su vez era presidente del Comité de Defensa, y que vivía en el edificio, lo que había ocurrido en mi casa. ¡Qué absurdo de mi parte!, como si valiera la pena que ese señor de voz agudísima y espejuelos negros a perpetuidad, un velado enemigo de todo el que no pensara como él, se enterese de nuestra situación.
Por supuesto, me respondieron que no era necesario, que tenían prisa, y comprobé que uno de ellos se iba quedando rezagado a propósito, mientras me alejaba escoltada por la policía, por aquel pasillo casi en penumbras. Sin duda, trataban de evitar que yo llamase la atención de los vecinos.
Pero yo no cesaba de llorar.
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