Monday, September 24, 2012


Hace doce años hoy que Heberto Padilla partió.  Este es un capítulo de mi libro inédito La buena memoria, y con su publicación aquí quiero dar testimonio de lo que recuerdo y de aquellos años traumáticos.  También intento así rendir homenaje a la memoria de nuestro amigo el comandate Alberto Mora, quien apoyó a Heberto siempre, aún a costa de arriesgar su vida enfrentándose a Fidel Castro.

Alberto Mora, comandante de la Revolución y ex Ministro de Comercio Exterior, se suicidó el 13 de septiembre de 1972.  Esta es la única foto que he encontrado de Alberto en el internet, y no es la imagen del que conocí a finales de los sesenta. Aparece aquí en un desfile de los primeros días de 1959, entre el Ché Guevara y el capitán Antonio Núñez Jiménez. Incluso al extremo derecho está el comandante William Morgan, fusilado poco después por la Revolución. La otra foto es la sede de la UNEAC, donde yo trabajaba en la redacción de La Gaceta de Cuba, y donde vi por última vez a Alberto el día de su suicidio.



LOCURA Y MUERTE EN LA HABANA
Belkis Cuza Malé
     Todavía no hemos podido sobreponernos; la atmósfera de esta casa encierra ahora una humedad desacostumbrada, un vaho a flores marchitas, a cera quemada, a incienso esparcido en el aire de las noches calurosas. Sobre mi mesa de mármol, en el centro de la sala, permanece aún fresco ese ramo de mirto o muralla que alguien me recomendase como lo mejor para ahuyentar los malos espíritus, y el silencio es nuevo, aunque María nos mire a hurtadillas desde su locura...
        Hay paz, sin embargo, porque la ha impuesto la muerte con sus herramientas, y porque la búsqueda de la verdad se ha dejado ganar por lo irremisible. ¿Qué importan las razones?, me digo a mi misma como para calmar la inquietud de no saber qué ha sucedido.
    Por un rato al menos, María Molina, la sirvienta loca, ha dejado de oir los ruidos de todos los días; ni ayer ni hoy  nos ha atormentado con las historias de que allí mismo, frente a nuestro edificio, están cavando una tumba para su hermana muerta. Se encierra más a menudo en su cuartico junto a la cocina, como si pareciese querer dejarnos en paz, a solas con esta nueva tristeza. Por lo pronto, tan extraño como parezca, nos sirve de consuelo saber que la muerte real se ha sobrepuesto a la locura, a sus voces. 
        Pobre María, ha hecho un nidal de ese cuarto. Cuando la contratamos en una agencia clandestina de empleo (porque hace más de una década que dejaron de existir legalmente), no demoró en aparecer. La vimos bajar rauda de un automóvil de alquiler, repleta de equipaje y cajas de cartón.  Fue estricta en su primer saludo, pero viviendo en los tiempos en que vivimos, no me extrañó que una pobre mujer desamparada quisiera aparentar las maneras antiguas de una criada. No abundan las casas habaneras que puedan y quieran ofrecerle una habitación con baño privado, una mensualidad (aunque muy pobre), y el derecho a incorporarse a la libreta de abastecimientos de los dueños de la casa.
        La situación era casi inusitada, como lo fue el hecho mismo de que una amiga me recomendase a la dueña de la agencia de empleos, que se las arreglaba como podía  para buscarle acomodo a sus escasos clientes.
        María, creíamos nosotros, iba a solucionarnos un gran problema doméstico mientras esperábamos el nacimiento del niño, y preferimos sacrificar nuestra pobre economía y ofrecerle un cuarto a la desamparada señora, sin familia ni vivienda. Eso era todo lo que sabíamos de ella, que se trataba de una desamparada, una mujer que rebasaba los cincuenta, sin familia ni vivienda  y con una necesidad urgente de que alguien la incluyera en su libreta de abastecimiento.
        Desde el primer momento supe, sin embargo, que habíamos cometido un grave error.  María --como comprobamos después con la señora de la agencia de empleos-- estaba loca, loca de remate, y en numerosas oportunidades había sido internada en el hospital de Mazorra.  A la mujer de la agencia no le quedó más remedio que decirnos la verdad, aunque añadió la pobre excusa de que en sus momentos de lucidez, María era útil en una casa y digna de los mayores elogios, pues limpiaba y cocinaba bien.
        El error más grave había sido incorporarla a la libreta de abastecimientos, porque en contra de su voluntad no podíamos darle de baja en las oficinas de la OFICODA (*) y permanecería en nuestra casa hasta que ella lo decidiera.
        No puedo evitarlo, le tengo miedo a María, a su mutismo; no sé cuándo dejará de ser ella para prorrumpir en sollozos, o correr hacia mí gritándome que cesen los ruidos, que no puede más. Pero a pesar de todo esto, cocinar y limpiar parecen servirle de tearapia. Entro y salgo de la casa, voy al trabajo o a la universidad y noto que está largos períodos encerrada en su cuarto, escribiendo esas monstruosas cartas que hablan de camiones herméticamente cerrados que recorren la ciudad, dice, con su trasiego de carne humana, mujeres que la policía se encarga de echar mano en cualquier esquina, con el propósito de engrosar el abastecimiento de carne para la población.  Prostitutas, repite sin parar. Y sus cartas están dirigidas a Fidel; le escribe decenas a la semana y las guarda con mucho celo debajo de su almohada, pero nosotros, en sus brevísimas ausencias a la bodega que está al lado de nuestro edificio, las leemos, con un interés creciente, como si se trataran de nuevos capítulos de una historia de terror, incapaces de sustraernos a sus obsesiones.
        De noche nos encerramos con llave en nuestras habitaciones, temerosos de que la locura le asalte en medio de la madrugada. Y aunque parece fingir no darse cuenta de nuestro miedo, quién sabe cuántas esquizofrénicas inquietudes esconde tras su dura mirada.  No nos da reposo, sin embargo, nos mira siempre como un cazador furtivo, aunque sigue cumpliendo a cabalidad con sus obligaciones y guarda un horario inflexible para todo.
        Hace un tiempo logramos que nos hablara de sus otras colocaciones. Fue a raíz de encontrarse un libro de Alejo Carpentier, mientras sacudía uno de los estantes. Se le quedó mirando durante unos segundos, como tratando de recordar, hasta que sin mucho interés contó que había trabajado hacía años en casa del novelista, en una época, añadió, en que él vivía con su madre, una señora rusa que tocaba el piano y daba clases de francés. Una señora muy fina, apuntó, como si de pronto se le hubiera iluminado la mente y trasladado a aquella época y la estuviera mirando. Se había quedado como ausente en el recuerdo.
        Fue María la que respondió a mis preguntas, cuando de regreso esa mañana de la universidad, noté aquellas tres tazas con restos de café que permanecían sobre el  aparador del comedor.
        "Es que estuvieron aquí unos amigos de su esposo, por lo del accidente del señor Alberto. Dice su esposo que llame a Maruja".
        No había cautela en su modo de darme la noticia, ni pretendía evitarme el susto. Accidente era la palabra que mejor describía una situación real con la que ella había estado siempre tan familiarizada. Pero todo el mundo actuaba como María a la hora de la verdad.  Maruja no fue más explícita al inicio de nuestra conversación, y sólo cuando insistí supe qué significaba esa palabra, accidente.  Y la verdad es siempre como en las novelas, un golpe seco.
        Alberto Mora, de súbito, estaba muerto. Heberto se había marchado a la funeraria y yo quedaba en libertad de llegarme hasta allá o aguardar en casa.
        En el trayecto hacia la funeraria Rivero traté de poner mis pensamientos en claro. ¿Es que como en las novelas de terror aún no había despertado del sueño?  Claro que sí, sólo que ahora iba uniendo los pedazos de ese rompecabezas que la muerte había dislocado de un manotazo.
        Estaba allí, dentro de aquel sarcófago horrible, y un mechón de pelo sobresalía por afuera de la tapa; yo sólo atinaba a ver el mechón negro y lacio que tantas veces se alisara en un movimiento que se había convertido casi en manía.
            Un hombre me perseguía en aquel sueño de la noche de la tormenta. Rápídamente me metí a la trastienda de un pequeño negocio y allí estaba el sarcófago del que salía aquel mechón de pelo lacio y negro. Al otro día por la mañana supe que esa noche Alberto se había suicidado.        
        A pesar del balazo no estaba deformado. En medio del horror del que aún no habíamos podido desprendernos, comprobé lo que ya yo sabía por mi sueño.
        Alberto había llegado aquella tarde de lluvia torrencial hasta la UNEAC (** ) para devolverme Islas en el Golfo, la novela de Hemingway que yo habìa pedido prestada a la biblioteca. Hacía más de un mes que la había sacado porque Heberto quería leerla, pero luego se la había pasado a Alberto y éste a un amigo. La lectura del libro póstumo de Hemingway pareció afectarlo, y su obsesión lo trajo dos o tres veces a casa para comentar con Heberto los planteamientos de Hemingway: discutía con acaloramiento todas las proposiciones del viejo escritor en torno a la muerte y las distintas formas de suicidio.  Quería una y otra vez que Heberto compartiera sus puntos de vista: la mejor forma de matarse era de un tiro en el cielo de la boca. Pero Heberto no acertaba a darse cuenta entonces de las verdaderas intenciones de su amigo.
        Tiempo atrás había aparecido por casa con un nuevo libro, la edición de Barral del I Ching: quería que probásemos suerte, y él mismo se encargó de interrogar al célebre libro. No fue una sorpresa para mí que nuestro destino --el mío y el de Heberto--  fuera el mismo, me parecía lógico.  Pero me sobrecogió de manera especial la respuesta que obtuvo Alberto, porque sin que él precisara, aquel código extraño apuntaba hacia lo peor.
        Sonrió restándole importancia al hecho y no vaciló días más tarde  --la noche de su cumpleaños-- y en su recién estrenada casa, en leerle el destino a cada uno de los presentes y de repetir hasta el cansancio aquel cuento-adivinanza que era a su vez un test de personalidad. Al final de la historia y de salvar muchos obstáculos, había que decidir qué actitud tomar ante un muro que impedía continuar la marcha. Casi todos los presentes aquella noche escogieron regresar. Pero Alberto decidió saltar el muro.
        En la casa todos oyeron el disparo.  La abuela dijo que fue como si cayera al suelo un escaparate. La puerta estaba cerrada por dentro con llave, y Liuba, la hija mayor dijo que ella podría abrirla con la punta de una tijera. Eran las 8 y 30 de la noche, y desde por la tarde había estado lloviendo sin parar.
        Abrí la puerta de mi apartamento, y lo vi de pie junto al marco: llevaba un pantalón a cuadritos color café y la camisa de hilo blanco. Le oi decir junto al ramo de muralla del centro de la sala, que esa misma tarde me devolvería el libro de Hemingway.
        ¨Yo creo que no nos vamos a ver más¨, le dije y la primer sorprendida fui yo, quizás no quise decir eso, pero fue lo que dije y me turbé, pues me parecieron palabras absurdas, sin sentido. "¿Por qué dices eso? --fue su respuesta. Esta misma tarde te llevo el libro a la Unión de Escritores, lo prometo".
            No le creì hasta que lo vi llegar horas después bajo el terrible aguacero. A pesar de la gripe y la fiebre, quiso cumplir su palabra. Fui, sin sospecharlo, de las últimas personas en verlo con vida.
            Lo acompañé hasta el vestìbulo de la UNEAC, y ya en el portal inundado, tras rechazar mi ofrecimiento de unos periódicos para que al menos se cubriera un poco de la lluvia, desapareciò ante mis ojos asombrados, como si aquella densa capa de agua se lo hubiera tragado. Su amigo Benigno Regueira, me había dicho, lo había traido en su automovil y lo estaba esperando afuera.
            Por la noche, cuando Heberto y yo regresamos del Parque Almendares, a donde habíamos ido con una vecina tras cesar la lluvia, quise llamar a su casa para preguntar si aquella imprudente empapada no habìa afectado aún más su gripe, pero nuestro teléfono, afectado por la tormenta, había dejado de funcionar. Miré entonces al reloj y también se habìa detenido a las 8 de la noche.
            Cuando esa mañana regresé temprano de la universidad, Marìa me contó que había habido visita... Todavía cierro los ojos y veo las tazas abandonadas con restos de café. Alejandro, el policía encargado de vigilarnos, y otro, que no sé quién es, habían venido a informar a Heberto de la muerte de su amigo y de paso a intentar saber más.
       "¿Qué les parece? Me voy a casar con Sylvian. Dìganme lo que piensan".  Le estaba preguntando la opinión a los amigos, pero yo detestaba que qusiera saber la mía sobre algo tan personal,como era su relación con Sylvian, una francesita aplatanada, a quien conocía poco.
           Alberto sobresalía del contexto.  Era inteligente y generoso, de una amistad a toda prueba. Culto, en medio de un mundo como el suyo (un comandante, el más joven quizás de la Revolución, ex ministro de Comercio Exterior), aunque sin embargo padecía de un fuerte desasosiego, sólo evidente para sus más ìntimos.  Golpe tras golpe había resistido con valor mucho más de lo que se sabía. Primero la muerte del padre, aquel legendario Menelao Mora, ex dirigente de los Ómnibus Aliados, quien con un grupo de hombres --entre los que estaba el propio Alberto, entonces un joven de 17 años-- había asaltado el Palacio Presidencial, donde vivía el dictador Batista. Luego, la enfermedad de la madre; el nacimiento de su hija màs pequeña con una deformación en el labio, su matrimonio con la francesita, que pareció no tardar en caer en crisis... Y en medio del desencanto creciente ante la vida, había perdido la fe en la Revoluciòn y Fidel Castro, aunque le oíamos insisitir en que tarde o temprano todo se arreglaría.
        Del libro Fuera del juego, el primero de los amigos de Heberto en leerlo, le oí decir con franco entusiasmo: "Este libro va a hacer historia". Creyó en la amistad, por eso no vaciló en apoyar a Heberto, su amigo, a raíz de nuestra detención, lo que le valió también a él un destino inusitado: Fidel Castro lo mandaría a detener, aunque luego de visitarlo en la celda lo pondría en libertad.
        Todavía con Heberto detenido en la Seguridad del Estado, Alberto y yo nos aparecimos en el anfiteatro de la Universidad de La Habana donde el canciller Raúl Roa iba a pronunciar un discurso que, aunque de soslayo, estaba relacionado con los últimos acontecimientos alrededor de Heberto.  A cada instante aquella multitud compuesta por alumnos y funcionarios interrumpía al retórico Roa y prorrumpía en aplausos, de pie, para darle más énfasis a sus palabras. Le oi hablar de los intelectuales plumíferos, y de no sé cuántos otros torpes epítetos para referirse, sin decirlo, a Heberto.  Pero ni Alberto ni yo nos levantábamos de nuestros asientos, ni aplaudíamos al canciller. Al final del discurso, Alberto se acercó a Roa y le entregó una carta, con el ruego de que se la hiciera llegar a Fidel Castro. No supe su contenido, pero se trataba de una protesta sobre la detención de su amigo, y su opinión sobre la situación.  Al otro día estaba preso en Villa Marista.
           Alberto Mora, en perpetua desgracia, ex comandante de la Revolución castrista, era un escritor frustado (estoy segura), que amaba la música, que no tenía reparos en exhibir en su casa aquel enorme e impresionante afiche de Jimi Hendrix, muerto por una sobredosis de drogas, ni en comprar en sus viajes al extranjero toda la música de los Beatles. Se empeñó en hacer revolución junto a su padre, y tuvo la suerte de salir con vida del asalto al Palacio Presidencial. Quiso ser un rebelde, cuando hubiera dado su vida por ser un creador, un artista.
        Ayer hizo nueve días que lo enterraron. No fui al cementerio porque me sentía muy triste y me parecían demasiadas emociones para mí, con mis seis meses de gestación.  A su regreso, Heberto me contó que vio allí a Orlando Alomá con aquel ejemplar del libro de Hemingway debajo del brazo.  Pienso que si Alberto Mora no lo hubiese leido no habrìa escogido el camino de la autodestrucción. Pero otras cosas pesaron mucho en su decisión. La traición, las mentiras, habían acelerado ante sus ojos la caida del altar donde durante años había puesto a Fidel Castro y la Revoluciòn.  Ya no creyó más en esa "rehabilitación política" que tiempos atrás era su tabla de salvación, pues no se cansaba de repetir que tarde o temprano llegaría.  Pero el Plan de Plátanos del Wajay, a donde el propio Fidel Castro lo había enviado para que se rehabilitara, no era otra cosa que un nuevo castigo, una cárcel.
        Ayer sonó el teléfono, mientras yo descansaba antes de irme a trabajar a la UNEAC. Era su voz ahogada, lejana, y ese ¨oye¨, ahora de ultratumba, conque solía presentarse cuando hablaba a casa. Sólo alcancé a escucharle decir balbuceante que iba para el Wajay, mientras repetía aquel Wajay como un tartamudo. Aterrada, le pasé el teléfono a Heberto, pero la comunicación había cesado.
        Me cuesta trabajo reconocer que locos como María puede que entiendan mejor los planos de vida y muerte en que nos movemos. A su modo parecería no faltarle razón y no cesa de escribir cartas cada día más extensas, denunciando quizás esta vez que están cavando una tumba para nuestro amigo, el comandante Alberto Mora.            

Wednesday, August 22, 2012


Nuevo Número de LINDEN LANE MAGAZINE, VOL 31 # 2, SUMMER/VERANO, 2012. 

Colaboran: José Triana (a quien entrevisto), Magali Alabau, Liliam Moro, Eduardo Manet, Luis 
Agüero, Luis de la Paz, y Arturo G. Dorado.
 Pero además, LLM le rinde homenaje a JUANA DE IBARBOUROU. Presentamos un texto de Jorge Arbeleche, quien relata la tragedia de la poeta, además de la última entrevista que concedió, en 1974, cinco años antes de su fallecimiento. Documentos extraordinarios sobre esta mujer y escritora, célebre no sólo en Uruguay, su país, sino en toda la cultura hispana. Un homenaje y desagravio a esta gran poeta y ser humano, sobre la que la biografía reciente de Diego Fischer (En busca de las tres María) devela los tristes acontecimientos de su vida, enclaustrada en su casa, maltratada por su hijo, y rechazada por la llamada Generación del 45, quienes la acusaban injustamente de oficialista. Pobre, enferma y olvidada, Juana de Ibarbourou logró sin embargo sobrevivir con su gran genio y "escándalo" poético y continúa siendo Juana de América. 
Ilustran este número el pintor Alejandro Lorenzo, cubano radicado en Miami, y Sylvia Baldeón-Flörhinger, pintora alemana, que vive en New York. 
Para adquirir un ejemplar de este número (impreso o digital), haga click en el enlace.   


         LINDEN LANE MAGAZINE, VOL 31 # 2. SUMMER/VERANO, 2012        http://www.magcloud.com/browse/issue/429535
     
     
       
         By  Belkis Padilla in  Linden Lane Magazine                              
       
         36 pages, published 8/22/2012        
     
     
       LINDEN LANE MAGAZINE IS A QUATERLY JOURNAL DEVOTED TO THE ART AND LITERATURE OF CUBANS IN THE WORLD, AND IN EXILE.        
     
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Sunday, July 01, 2012


Adquiera su ejemplar de este número extraordinario por los 30 años de Linden Lane Magazine, en Amazon.  Vaya a este enlace:

 SEGUNDO ARTICULO, DE UNA SERIE DE TRES, DE OLGA CONNOR SOBRE LLM HOY DOMINGO EN EL NUEVO HERALD
Publicado el domingo, 07.01.12Thursday, Jun. 28, 2012  ‘Linden Lane Magazine’: compendio de la cultura cubana El índice de este ‘ Linden Lane Magazine’ es una serie de joyas de la literatura cubanaOlga Connor
Especial/El Nuevo Herald
Olga Connor
En 1982 Belkis Cuza Malé tenía $5,000 de una Beca Cintas que le habían otorgado el año anterior, y ella usó ese dinero para fundar la revista Linden Lane Magazine. “Pero trabajaba en cosas tan ilusorias como vendiendo desde mi casa los productos Shakle -magníficos y muy caros-, lo mismo las vitaminas que los de belleza”, escribe en su prólogo a la revista aniversario.
Uno de sus clientes era Reinaldo Arenas. El venía desde Nueva York a comprarle el champú y el acondicionador de pelo. “Me parece estar viéndolo mientras se peinaba con aquel ‘tridente’ que usaba la gente negra para peinarse los ‘afros’, entonces ya casi pasados de moda. Y por esa coquetería que no parecía exhibir, llegó Reinaldo a Linden Lane Magazine. Es decir, la idea de incorporarlo a la revista surgió precisamente a partir de sus visitas en busca del champú”.
¿Habrá locuras más sublimes que las que cuenta Cuza Malé? Arenas estuvo por unos dos años de consejero editorial, pero explica ella que él se quejaba de la “despolitización” del “magazine”. Es cierto que yo había oído a Heberto Padilla y a Arenas en una misma conferencia en la Universidad Internacional de la Florida -¿fue en 1980?-, y Arenas daba la impresión de ser un agitador, mientras que Padilla parecía más sosegado. Aunque ambos habían sufrido horriblemente en la Cuba de Castro.
Cuza Malé nos habla sobre la raíz del título de su revista: “Lo primero que decidí fue el nombre de la revista. Y escogí el de ‘Linden Lane Magazine’ llevada por el embriagante nombre de la calle donde vivíamos. Frente a nuestro jardín estaba aquel árbol de tilo (‘linden’) que se alineaba junto a otros de la misma especie, a lo largo de toda la calle, formando parte de las ‘tree streets’, como se les conocía, junto a la de Walnut, Maple, Chesnut, Pine, etc., y que desembocaban en la calle Nassau”.
“Las primeras colaboraciones llegaron mecanografiadas, como era entonces habitual, y fueron pedidas directamente por Heberto y por mí”, escribe Cuza Malé, quien lista alfabéticamente los primeros autores que aparecieron en el número 1 del Volumen I, que yo quiero copiar aquí textualmente, porque me parece que esa lista tiene el valor infinito de las genealogías del Antiguo Testamento, un momento culminante en la historia literaria del exilio: “Orlando Alomá, Armando Alvarez Bravo, Juan Arcocha, Reinaldo Arenas, René Ariza, Antonio Benítez Rojo, Guillermo Cabrera Infante, René Cifuentes, Vicente Echerri, José Kozer, Enrique Labrador Ruiz, César Leante, Rogelio Llopis Fuentes, Carlos Franqui, Reinaldo García Ramos, Roberto Madrigal- Ecay, Yolanda C. Martin, Alberto Martínez Herrera, Heberto Padilla, Ricardo Pau-Llosa, Jorge Posada, Bertha Sánchez Bello, José Triana, Roberto Valero, Carlos Verdecia Cabañas, Carlos Verdecia y Belkis Cuza Malé. Estaban también los que ilustraban el número: Ana Flores-Jenkins, Alejandro Anreus, Joan Miró, Chino López, Gabriel Warren (el hijo del poeta Robert Penn Warren), Belkis Cuza Malé y Ernesto Padilla”.
Cuza Malé pudo hacer este número de ahora, confiesa, porque siempre cargó consigo, en cada una de las más de 10 mudanzas, sus archivos y libros, sus alegrías, temores e incertidumbres, “por el hecho mismo de vivir en el exilio”, y, sobre todo, soñando con una “Cuba libre y democrática”. El índice de este Linden Lane Magazine del trigésimo aniversario es una serie de joyas de la literatura cubana de las que hablaremos en la próxima entrega. • 
olconnor@bellsouth.net

Sunday, June 24, 2012


OLGA CONNOR:

 ‘Linden Lane Magazine’: compendio de cultura cubana


Con ese espíritu tan poco pragmático y tan lleno de fe, Cuza Malé se lanzó

ESPECIAL/EL NUEVO HERALD

Cuando abrí por primera vez el número del trigésimo aniversario de Linden Lane Magazinesentí un estremecimiento. Es la única forma de describirlo.
De pronto volví atrás, al año 1971, cuando llegó el momento de enfrentarme, después de varios años en Estados Unidos, con la Cuba de la que había tratado de escapar. Allí estaba el insigne poeta Heberto Padilla, sufriendo la injuria de un gobierno que debió agradecerle su límpido verbo y, sin embargo, lo ultrajó sin compasión. Al hacerlo, levantó una ola de protesta mundial. Padilla por sus poemas de Fuera del juego, galardonados primeramente en 1968 con el Premio Nacional de Poesía Julián del Casal, y luego censurados, sufrió encarcelamiento junto a su esposa Belkis Cuza Malé, en 1971, para luego ser obligado a retractarse en un acto que recordó los famosos procesos de Moscú.
Fueron los chivos expiatorios de todos los intelectuales que se estaban destapando, porque intuían que había que hablar. Pero fue en Padilla y en Cuza Malé sobre los que cayeron los carbones encendidos de aquel incendio. No podía el gobierno totalitario aceptar el premio a las palabras liberadas de su autor. Todo llegó a un clímax, a un nudo que ya no se pudo desatar. Los escritores cubanos ya no podrían regresar al periodo ingenuo de los años 60 cuando conjeturaban que aún tenían alguna influencia.
Entonces, hasta en el selecto Swarthmore College en Filadelfia, llamado por sus detractores el “Kremlin on the Krum”, donde los profesores eran “izquierdistas de salón”, hubo una reacción repentina, por los oficios de Jean Paul Sartre, quien había reaccionado al llamado “Caso Padilla” firmando una carta colectiva de protesta. De pronto, mis colegas escenificaban un descubrimiento teatral de fingidas rarezas: “¿Ah, pero había KGB en Cuba?”, me preguntaban.
En 1980 Padilla salió finalmente de Cuba, pero no a las playas de la Florida, sino a las de Nueva Jersey. Al mudarse a la Calle de Linden Lane, en la ciudad de Princeton, fue Cuza Malé quien tuvo la idea de crear una revista, con la que Padilla accedió a colaborar aunque a regañadientes, según informa la escritora. Desde entonces, han sido 30 años de sacrificios, pero ella no ha cejado un momento. Hoy la revista representa una colección, un compendio de la cultura cubana allende el mar.
Al prologar los artículos reunidos para esta revista de excepción, y con su habitual sentido anecdótico, que no se puede sustituir por ningún comentario que yo le haga, explica esos orígenes en su artículo 30 años es nada: “Si me preguntasen cómo surgió la idea de publicar una revista que recogiese la obra de escritores y artistas cubanos en el exilio, no sabría contestar más que de una sola forma: fue una inspiración divina. Y con la fe de que la idea se plasmaría en realidad y triunfaría. Los obstáculos ni me pasaron por la mente. Hacía sólo tres años que había llegado de Cuba, mi inglés era rudimentario, no tenía un salario, ni Heberto tampoco. Es decir, vivíamos del aire, prácticamente”.
Con ese espíritu tan poco pragmático y tan lleno de fe, Cuza Malé se lanzó a la aventura editorial, sin apenas recursos, pero no fue en vano. Para siempre quedará grabado su nombre en la historia literaria de Cuba y del Continente, no sólo por sus creaciones personales, sino por esta revista que ella dio a la luz, y ha criado y nutrido hasta el día de hoy. • 
olconnor@bellsouth.net

Friday, June 15, 2012

!Feliz cumpleaños, mi querida Tonda!!
Belkis Cuza Malé


Como todos los 15 de junio, día en que mi querida amiga Tonda Shaver y yo comportimos la fecha de cumpleaños, aquí está mi flor. Digo, mis flores, porque esta vez he pintado dos. Una para ella y otra para mí.
En mi caso se trata de un cumpleaños muy especial. Y lo celebro con la ilusión del que sabe que la Gracia de Dios está presente en el milagro de mi vida y en el de todos nosotros.
Le doy gracias a Dios porque ha derramado su luz sobre mí y me permite disfrutar de la vida en esta dimensión del tiempo y servirle para su gloria. 
En el Nombre de Jesús, te deseo mucha salud y prosperidad, mi querida Tonda, y que la pases con felicidad junto a tu linda familia, éste y los miles de días por venir.


Muchas bendiciones.
 Flor maya 2012
Flor del sol y la luna de junio

Friday, May 11, 2012

Armando de Armas entrevista a Belkis Cuza Malé en MartiNoticias por los 30 años de Linden Lane Magazine


http://www.martinoticias.com/content/sale_numero_extraordinario_de_revista_con_autores_cubanos_exiliados/11075.html

Tuesday, May 01, 2012

Edición de lujo de LINDEN LANE MAGAZINE celebrando los 30 años.  Impresa por MagCloud. (HP company)
Belkis Cuza Malé


Esta es la edición de lujo de Linden Lane Magazine, celebrando los 30 años. Cuesta un poco más pero vale la pena, porque la impresión es superior.
Gracias a Dios por su misericordia infinita que nos ha permitido a los escritores y artistas del exilio tener un sitio abierto a todos. 
Muchas gracias a todos los que han cooperado durante todos estos años, a los que ya no están y a  los que continúan apoyándonos.  Sin ustedes todos, LLM no hubiera sido posible.



         LINDEN LANE MAGAZINE VOL 31 # 1, SPRING 2012 SPEICAL 30 CELEBRATION ISSUE      
   
   
     
         By Belkis Padilla                    in Linden Lane Magazine                  
     
         152 pages, published 1 MAY 2012        
     
   
       An extraordinary issue of Linden Lane Magazine celebrating 30 years of publication.        
   
                 Find out more on MagCloud              

Número extraordinario celebrando los 30 años de Linden Lane Magazine: Vol 31 # 1, Primavera 2012
Belkis Cuza Malé
Queridos amigos y lectores:  Después de más de tres meses planeando y diseñando el número extraordinario por los 30 años de existencia de LINDEN LANE MAGAZINE, les comunico que ya está disponible para ser adquirido.  Hay 2 ediciones: la de MagCloud con papel de brillo, y la de CreateSpace (Amazon). La diferencia es la calidad de papel, y por supuesto, el precio.
Este Vol 31 #1, de la Primavera 2012 tiene 154 páginas, y un total de 186 colaboradores (poetas y escritores cubanos del exilio) y 67 pintores y artistas (también del exilio), salvo el autor del José Martí que aparece en la portada, el pintor cubano Jorge Arche, fallecido en la Isla hace varias décadas. 
También les aclaro que el escritor chileno Roberto Ampuero, que vivió largos años en  Cuba, y es el famoso autor de  Nuestros años verde olivo  --entre muchos otros títulos que han alcanzado gran popularidad--, ha tenido la gentileza de escribir un texto especial sobre su amigo Heberto: "Heberto Padilla en Valparaíso".  Tengo que agradecérselo doblemente pues lo hizo mientras se encontraba en Chile, asistiendo a los funerales de su querido padre. En la actualidad Roberto Ampuero ocupa el cargo de Embajador de Chile en México.
 
Aquí la lista de los colaboradores. Sigo el órden en que aparecen:
 
Belkis Cuza Malé /  Treinta años no es nada
Heberto Padilla / María Zambrano: de Madrid a la eternidad
Reinaldo Arenas / El caso y el ocaso de Padilla
Gastón Baquero / El prejuicio y la política en el Premio Cervantes
Levi Marrero / Carta a Heberto Padilla / Cartas a Belkis Cuza Malé
Octavio Paz / Carta a Heberto Padilla
Enrique Labrador Ruíz / Tarjeta a Heberto Padilla
Guillermo Cabrera Infante / Carta a Belkis Cuza Malé
Eugenio Florit /  Noche sola / Europa I
Severo Sarduy / Fractura de dos incisivos superiores , punto de sutura en el  labio inferior, o el Cristo de la Rue Jacob
Justo Rodríguez Santos / Palmeras
Martha Padilla / Iniciando el júbilo
Lydia Cabrera / Los huesos de los Santos
Isabel Castellanos / Jorge Castellanos  / Cultura afrocubana. Introducción. Fragmento
Rosario Rexach / Rumbo al punto cierto
Octavio R. Costa / La Navidad
Florencio García Cisneros / Al lector
Nivaria Tejera / Pero al regreso
Eduardo Manet / Cuento de amor entre pintores
Juan Arcocha / La conversación. Fragmento
Edith Llerena / Todos los caminos, cepos
José Lorenzo Fuentes / La piedra de María Ramos. Fragmento
Roberto Ampuero / Heberto Padilla en Valparaíso
Antonio Benítez Rojo / Viaje a la semilla, o el texto como espectáculo. Fragmento
Carlos Alberto Montaner / Necesidad de coherencia emocional. Fragmento
Yara González Montes / Una hermosa celebración
Matías Montes Huidobro / Nocturnos y pesadillas
José Triana / Si Dios
Carlos Franqui / La Isla
René Ariza / Cae la tarde
Nelson Rodríguez (con Nota de Reinaldo Arenas) 2 cuentos. Escritor fusilado por el gobierno castrista en 1972
Carlos Victoria / Carta a Belkis
Raúl Rivero /  Murallas
Enrique Mario Santí / Hotel Habana
Manuel Díaz Martínez / Para matar al minotauro y salir del laberinto
Armando Alvarez Bravo / Con suerte, siempre puede ser la última vez
Reinaldo García Ramos / Amiga vencedora
Juan Cueto-Roig/ Caracol
Maya Islas / A Linden Lane / Calle de los tilos 2012
Roberto Valero / Al encontrar al turista que va a la isla
Guillermo Rosales / A las ocho te pongo el mocho. Fragmento
Jesús Díaz  / Preguntas al polvo.  Fragmento
Roberto Madrigal  / Treinta años después
Carlos Espinosa Domínguez/  El justo lugar de la poesía
Daína Chaviano / Capilla ardiente
Iván Acosta / Mi experiencia con El Super
Isel Rivero / Anunciación
Ileana Fuentes / Apuntes sobre Outside Cuba/ Fuera de Cuba
Jorge Ulla / Belkis me pide una cuartilla
Miñuca Villaverde / Fernando Villaverde / La ciudad de las carpas
Vicente Echerri / Pérdicas
Carlos Verdecia / El vuelo de Brigantia
José Sánchez Boudy / El cementerio
Luis Cartañá / Pequeña sonatina
Rosa Ileana Boudet / El último Virgilio
Gustavo Pérez Firmat / Provocaciones
Manuel Ballagas / Pájaro de cuenta
Baltasar Santiago Martín / Visitando a un hada terrenal
Ricardo Pau Llosa / Foreign Language
Pablo Medina / La verdad en si bemol
Carolina Hospital / Blake in the Tropics
Jorge Guitart / The Cuckoo
Roberto Luque Escalona / Para Linden Lane Magazine
Nicasio Silverio / Nada entre manos
Rita Geada / Los contemplados
Ernesto Díaz Rodríguez / Las vacas de mi pueblo
Anita Arroyo / La vida del hombre. Biografía del hombre que hace historia. Fragmento
José Mario / El ritual de la noche
Ramón Fernández Larrea / Bienvenida la sombra
Sonia Díaz Corrales /  Apología de la nada
Pura del Prado / La peor pena
Liliam Moro / Despedida
Teresa Dovalpage / Una cubana en Taos
Orlando González Esteva / Elogio del garabato
Manuel A.López / Recuerdos selectivos
Alberto Martínez Herrera / Prólogo
Diana Alvarez-Amell / El Surrealismo nuestro de todos los días
Orlando Fondevila / Estoy tranquilo
Jorge Ronet / Para la gran marquesa. Fragmento
Hilda Perera / Los Robledal. Fragmento
Reinaldo Bragado / Anomalía
Rosario Hiriart / Cuando llamas
Pancho Vives / Ruyam
María Elena Blanco / Sinecdoque III
Julio Matas / La memoria de los pájaros
Luis González-Cruz / Incitación
Daniel Fernández / Remedio santo (Sobre cocimientos y otras yerbas)
Manuel C. Díaz / Doña Josefa. Fragmento
Augusto Lemus / Nota
Carlos Rubio Albert / Una lección para la vida
Ana Rosa Nuñez / Rey de espadas
Pedro Monge /  Aquí, allá, ahora
Alberto Lauro / Hijos de Edipo
Juan Carlos Valls / Noticias del verano
Pío Serrano / Trieste
Antonio Conte / Te comparo con una santa diosa. Fragmento
Octavio Armand / Abundancia
Benigno S. Nieto / Odio la rima y los sonetos
Alejandro Armengol / Mujer
Guillermo Arango  / Venganza secreta
Mireya Robles / Sarojini
Yvonne López Arenal / La niña en la cocina
Amelia del Castillo / Tan cerca del umbral de la alegría
Antonio Alvarez Gil / Cambio de lengua
Raúl Eduardo Chao / Contramaestre. Fragmento
Magaly Alabau / Tengo una carta para usted que no conozco
Juan Abreu / El paisaje del mundo
Ana Cabrera Vivanco / Las horas del alma / Las cien voces del Diablo. Fragmentos
Bertha G. Montalvo / Miniaturas
Félix Luis Viera / La noche dle gran Godo, de Manuel Gayol Mecías
Angel Cuadra / Impromptu
Manuel Sosa / Exceso de realidad
Guillermo López Borges / No he llegado solol
P. Fidel E. Rodríguez Cuza / Félix Varela. Profundidad manifiesta. Fragmento
Mario Parajón /  Galdós y el Madrid de la Restauración. La familia. Fragmento
René Dayre Abella / Soliloquio
Luis de la Paz / Aniversario
Jacobo Machover / Del suicidio y otras rebeldías
Javier de Castromori / Enrique Piñeyro: esteticista de la crítica literaria cubana
Cristobal Díaz Ayala / El pregón de los pueblos árabes
Jesús J. Barquet / Aguas de tiempo
David Lago / El forajido
José Abreu Felippe / La Habana
Tania Díaz Castro / Regalo de Reyes para mis nietos
Amir Valle / De los sueños y la libertad
José A. Escarpanter / Prólogo. U salieron del humo... Fragmento
Leopoldo Hernández / Y salieron del humo... XVIII  Fragmento
Arminda Valdés Ginebra / Síndrome de Cuba
Eduardo Lolo / Mar de espuma. Martí y la literatura infantil. Introducción. Fragmento
Heriberto Hernández Medina / Extrema solutio
Eliseo Alberto / Dios lo quiera. Fragmento
Armando de Armas /  La tabla. Fragmento
Ignacio T. Granados / El puente bajo los tilos
Bernardo Marqués Ravelo / Soledad y soledad y soledades
Yanitzia Canetti / Mi casa, mi ciudad
Julio San Francisco / Poética. Donde el autor da cuenta que prefiere ser Poesía que ser Poeta
Isis Wirth / Napoleón y yo
Nedda G. de Anhalt / Con las olas contadas
Armando Valdés Zamora / Lydia Cabrera en las orillas del Sena. Fragmento
Manuel Vázquez Portal / Las brújulas erráticas
Uva de Aragón / Almuerzo en Coconut Grove
Félix Anesio / 451
Orlando Alomá / El ángel dormido
Carmen Karin Aldrey / A Elena in Memoriam
Ihosvany Hernández González / En plena jauría
Orlando Ferrand / Sentado a su mesa
Orlando Rossardi / La mesa
María Eugenia Caseiro /La insoportable longitud del no
Alejandro F. Pascual / Concos y tren a Cayo Hueso. Fragmentos
William Navarrete / Una antología de Juan Francisco Pulido
Emilio de Armas / Península
Joaquín Badajoz / Ventana hacia adentro
José R. Graña / Prólogo
Rita Martín / Isla
Walter de las Casas / To Marcel Duchamp
Antonio José Ponte / Uno
Amado Fernández / Ethos
Emilio Mozo / Didier
Luis Agüero / Los misterios negros de Cuba. Fragmento
Rafael Catalá / El acto de escribir
José Miguel González -Llorente / Parábola
Jorge Gómez / Londres para un infante
Joaquín Gálvez /  Imitación del ave Fénix
Néstor Díaz de Villegas / La biblioteca de Miami
Elena Tamargo / Algo de menos
Alina Galliano / 70
Félipe Lázaro / Jack Daniel¨s galopa de nuevo
Carlos Pintado / El unicornio
Mabel Cuesta / Puestos mi casa e hijo al fuego
Esteban Luis Cárdenas / Variación del poeta
Rafael Bordao / Testimonio de un ahogado
Santiago Méndez Alpízar / Chago / Las mariscadoras
Camilo Venegas Yero / Cuba se empez+o a quedar allá abajo
 
Ilustran este número:
 
Jorge Arche
Juana Borrero
Jesús Selgas
Ernesto Padilla
Olivier Beytout
Ena Columbié
Ramón Alejandro
Juan Boza
Guido Llinás
Hanton
Orestes Puente-Mujica
Demi
Juanita Baró
Arturo Rodríguez
Xavier Koepf
Baruj Salinas
Wifredo Lam
René Ariza
Enrique Agramonte
Carlos Alfonso
Gustavo Acosta
Belkis Cuza Malé
Miguel Padura
Maya Islas
Carlos A. Díaz Barrios
Delio Regueral
Jorge Carrigán
Guido Llinás
Jorge Ulla
Giberto Ruíz
Orlando Jiménez Leal
Jorge Matta
Clara Morera
Aristide
Humberto Calzada
Margarita García Alonso
Arturo Cuenca
Hugo Consuegra
Lydia Rubio
René Pedraza del Prado
Silvia García-Castro
Gina Pellón
Daniel Cuza Martini
Santiago (Chago) Rodríguez
Luis Cruz-Azaceta
Gladys Triana
Hortensia Gronlier
René Cifuentes
Martha Ramos
Alejandro Anreus
Nereida García-Ferraz
Miguel Ordoqui
Rafael López Ramos
Alejandro Lorenzo
Joaquín Ferrer
Paul Sierra
Natacha Perdomo
Thomas Fundora
Cundo Bernúdez
Carmen Herrera
Sergio Lastres
Ernesto Lozano
José Mijares
Ernesto Briel
Rafael Soriano
Carmen Karin Aldrey
Leandro Soto
Mario Torroella
Mario Carreño
Nelson de León
Eduardo Michaelsen
 
El número está a la venta en Amazon al costo de $25.00 más $3.59 de envío. Pueden encargarlo directamente entrando aquí
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c/o Belkis Cuza Malé
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HIALEAH   FLORIDA  33015
 
Debido al alto costo e inversión de tiempo que me ha llevado confeccionar este número se ruega a los colaboradores y lectores que adquieran su ejemplar, pues es imposible regalarlo o poner el PDF para que sea leido online. Es un número de colección y, además,  la experiencia me indica que lo que se regala no es apreciado. Incluso hoy día hay que pagar para leer online The New York Times. Pero además, enviarlo a las universidades subscriptas genera un enorme gasto para Linden Lane Magazine y no disponemos de ese dinero.  Recuerden que somos una publicación sin apoyo económico de ningún tipo y  además necesitamos el dinero para adquirir equipos que nos permitan una mayor eficiencia; mis computadoras están sobrecargadas, son antiguas, y están pidiendo a gritos reemplazamiento.
 
La razón de este número extraordinario va más allá de la literatura. Con él deseamos demostrarle a todos los que quieran leernos que los escritores y artistas cubanos, viviendo en el exilio, en una situación de desventaja, y muchas veces de impotencia, hemos seguido creando, sin olvidar a nuestra sufrida isla. Al menos, me da satisfacción decir que somos libres y que durante estos 30 años no hemos censurado a nadieeeeeeeeee, como se hace en Cuba.  Ni nadie nos ha dicho lo que tenemos que escribir o decir.
 
Quiero dejar bien claro que existen cuatro escritores que se auto excluyeron.  A todos ellos se les pasó email invitándolos a colaborar, y no una, sino dos o tres veces. Y  ni se tomaron el trabajo de contestar.
 
También, de paso, quiero aclarar  que por razones extrañas y ya casi imposibles de solucionar, dos escritores quedaron fuera: Juana Rosa Pita y Jorge Oliva. No sé realmente qué pasó, ni cómo desapareció la página en que estaba el poema de Juana Rosa. Y con Jorge Oliva la cosa fue distinta, pues no encontré por ninguna parte sus textos, lo que lamento. 
 
Por favor, les pedimos que sean generosos con esta labor de difusión de la cultura cubana hecha en el exilio. Compren al menos un ejemplar y de ser posible hagan una donación para el gasto que genera comprar  ejemplares y enviarlos a las universidades. Cualquier donación es bienvenida.  Recuerden que durante 30 años LLM les ha servido de vehículo de difusión, y ha sido de mucha satisfacción para mí el haber podido contribuir a ello.
 
Espero por ustedes todos, amigos. Gracias a los que con tanto entusiasmo han colaborado.  Gracias a todos por estar. 
Muchas bendiciones,
Belkis